domingo, 25 de octubre de 2009

CAP I.1. El ser de la Iglesia: la unión.

Cap II.1
El ser de la Iglesia: la unión.

No se puede identificar sin más la Iglesia y reino de Dios. El reino es ahora una acción escondida y universal de Dios, que hace fermentar la masa humana haciéndola subir hacia la nueva creación, el nuevo cielo y la nueva tierra, la inimaginable floración de la historia que desplegará su esplendor al fin de los tiempos, cuando Dios reine completamente en todo (1 Cor 15,28).

Pero no podemos tampoco separar completamente Iglesia y reino de Dios. La acción que construye el reino fue incoada por Cristo y tiene ya sus resultados visibles: la Iglesia es primicia y símbolo del reino. Símbolo es una realidad que apunta a otra más alta, pero que de algún modo la contiene y la expresa. Si el reino de Dios es salvación, paz y alegría, unión, amor, igualdad y libertad entre los hombres, la Iglesia tiene que mostrar al mundo un esbozo de ese reino.

CAP I. La Iglesia.

Cap II.
La Iglesia.

Esta realidad luminosa y compleja, la unión de los hombres gracias a Cristo, el mundo de hermanos hijos de un mismo Padre, se llama en los evangelios el reino de Dios, proclamado e inaugurado por Jesucristo, que es su polo magnético: “Cuando me levanten sobre la tierra, tiraré de todos hacia mí” (Jn 12,32).

Síntomas del reino de Dios son “la salvación, la paz y la alegría que da el Espíritu Santo” (Rom 14,17), y si hay en el mundo un cuerpo privilegiado que deba manifestarlos, es la Iglesia.

La Iglesia es el grupo de hombres, reconciliados entre sí y con Dios, que creen en Jesús el Mesías ( 1 Jn 5,1), el Hijo de Dios (1 Jn 5,5), e impulsados por el Espíritu quieren acompañarlo en su labor salvadora, en la realización del reino de Dios en la tierra. Es el grupo de colaboradores de Dios (1 Tes 3,2; 1 Cor 3,9), que llevan el mensaje de la reconciliación (2 Cor 5,19), embajadores de Cristo por medio de los cuales exhorta al mundo a dejarse reconciliar.

Lo mismo que Cristo no vivió para sí, sino para todos los hombres, tampoco la Iglesia vive para sí misma, sino para el resto de la humanidad. Tres aspectos debemos considerar en la Iglesia: su ser, su quehacer, su decir.

CAP.I.I.5 Para el mundo entero.

Cap I.I.5
Para el mundo entero.

La reconciliación efectuada por Cristo alcanza al mundo entero. Puede preguntarse cómo es esto posible y qué significa, siendo así que la inmensa mayoría de los hombres no tienen noticia del hecho.

Tres símiles usaremos para entenderlo. El primero, de sabor muy contemporáneo, es la concesión de nueva ciudadanía a los habitantes de un territorio conquistado. El estado a que se integra la región concede a todos los individuos de ella los derechos de ciudadano con un acto independiente de las voluntades individuales y que alcanza aun a los niños pequeños, incapaces de entender ni de asentir. Todos automáticamente participan de las ventajas de la nueva ciudadanía y tienen derecho a la protección de las nuevas autoridades.

La segunda comparación, la vacuna, pertenece también a nuestra cultura. En caso de epidemia se impone una vacunación obligatoria a todos los habitantes del país, aunque no comprendan el provecho de la profilaxis o no tengan siquiera uso de razón.

El tercer símil es la amnistía. La otorga un jefe de Estado sin consultar a los beneficiarios. Todos los que se encuentren en las circunstancias previstas pueden acogerse a ella.

La primera ilustra, sobre todo, la accesibilidad del perdón del reino de Dios. La reconciliación está hecha. Todo el que pase a la zona liberada recibe sin más la ciudadanía, y no hay muros que separen esa zona. Para entrar se requiere un documento, ahora al alcance de todos: el amor de ayuda al prójimo. Quien ha recibido el sello de Cristo, lleva además la fe.

La comparación con la vacuna muestra la legitimidad de una decisión benéfica, aunque sea unilateral. Apunta también el efecto médico de la reconciliación. Jesús mismo se llamó médico de los pecadores (Mt 9,12) y la tradición vio en Cristo al samaritano que venda la herida del mundo. El ha curado la parálisis del género humano, permitiéndole andar por el camino que lleva a la vida.

La amnistía es comparación empleada por san Pablo, que pone como condición la fe (Rom 1,17). Hay que completar su doctrina con la que expone Cristo en la descripción del juicio final (Mt 25,34-40): la ayuda sincera al prójimo, aun sin intención religiosa, abre también las puertas del reino. Esta comparación con la amnistía responde al mismo tiempo a una dificultad: ese acto unilateral de Dios, ¿no es un atentado a la libertad del hombre? Dar la vuelta a la llave de la prisión para abrirla no es atentar contra la libertad, es concederla; descargar al hombre del pecado es darle libertad de movimientos. La iniciativa divina no exime tampoco al hombre de ninguna responsabilidad, al contrario, al darle la salud, lo pone en condiciones de actuar por sí mismo.

Hay cierto paralelismo entre la redención y ciertos milagros evangélicos, como la resurrección de la hija de Jairo. Nadie podrá decir que Cristo limita la libertad de la niña al resucitarla; dándole la vida, le concede ser libre. El regalo de Dios no es humillante ni desconoce la dignidad del hombre; la abre un camino para que sea plenamente él mismo.

Otras comparaciones podrían aducirse para probar que la decisión unilateral de Dios no suprime la libertad, sino que la realza: el perdón de una deuda (Mt 18,23-35), la voluntad del testador (Gál 3,15-20) o la supresión de un impuesto por parte de un gobierno. Aunque independientes de la voluntad de los individuos, cada uno de estos actos otorga un beneficio que ensancha las posibilidades de acción.

CAP.I.I.4 Vivir en la verdad.

Cap.I.I.4
Vivir en la verdad.

Quienes renuncian a las tres ambiciones son hombre sinceros, alegres y libres, capaces de amar desinteresadamente y de promover la solidaridad humana, ayudando a los demás sin verse coartados a cada momento por miedos a dañar su posición o su fama.

Estos hombres están reconciliados con Dios, que es la verdad, y, siendo libres, están preparados para cooperar en su obra liberadora. La libertad produce alegría, y dejan en el mundo una estela de felicidad. A los ojos de los más son una paradoja; el hombre encandilado con los espejismos de la ambición no entiende de otra dicha y juzga infeliz al que no hambrea relumbrones; por eso queda desconcertado ante la risa del desprendido. San Pablo expresó esta antinomia: “Somos los moribundos que están bien vivos,… los afligidos siempre alegres,… los necesitados que todo lo poseen” (2 Cor 6,9-10).

Quien sigue a Cristo elige el árbol de la vida, que crece en el centro del jardín, entre las flores. Allí, en la paz, habita Dios con los hombres.

El que pertenece al mundo busca el árbol periférico, el de los afanes insaciables. En vez de mantenerse en su centro, se va a los arrabales del paraíso para comer promesas de divinidad: “Seréis como dioses”. Quiere probar una infinitud y lo más que encuentra es un precipicio; por eso colgó Dios el “peligro de muerte”. Quiere romper el límite y desgarra su piel, pensaba escalar el cielo y se encuentra en el charco. El escozor resentido no deja sitio para la amistad. Deseando lo perdido y lo no alcanzado, vive de insatisfacción, de añoranzas o utopías. Queda el apetito, pero no hay fruición. Quería ser dios, autónomo, y resulta un dios pequeño, triste y aislado, miembro de un concilio de diosecillos celosos. No hacía falta encaramarse para vivir feliz. Dios está cerca, sus pasos se oyen entre los árboles. El cartel prohibidor decía verdad, vivir de lo engañoso es muerte.

La ambición impide el trato sincero y leal; convierte a la vida social en un contacto opaco, sin efusión humana; cada uno representa su papel con cautela para no perder terreno. El cálculo lo domina todo; se intenta adivinar lo que almacena la trastienda del prójimo, tras el escaparate de la sonrisa convenida. La espontaneidad muere y se afirma el aislamiento. No existe verdad ni confianza; la meta es el éxito personal, cueste lo que cueste. Pero el precio es alto y la mercancía engañosa: “¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si malogra su vida?” (Mt 16,26).

De esta ciénaga libera Cristo, sacando hombres libres y auténticos, sinceros y dedicados. La cruz dio prueba de su sinceridad, de su amor desinteresado, de su libertad. Quien incorpora a su existencia el mensaje de Dios encarnado en Jesucristo sale del mundo embustero y vive en la verdad.

miércoles, 21 de octubre de 2009

CAP.I.I.4. El afán de dinero.

Cap.I.I.4
El afán de dinero.

Estocadas a traición y golpes bajos menudean sobre todo en la cuestión del dinero. La codicia es la ambición más común, pues la riqueza es el primer objetivo; no en balde es la peana del prestigio y del poder.

Respecto al dinero, no pide Cristo al rico un tanto por ciento para beneficencia ni deslinda lo necesario de lo excesivo; bajo todo nivel económico puede agazaparse la codicia. Reclama de todos, ricos y pobres, una distancia liberadora: por muy necesario que sea en la sociedad presente, el dinero no tiene derecho a acaparar la vida ni a exigir el homenaje: “No podéis estar al servicio de dos amos: no podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6,24).

Durante su vida no aplicó Jesús a todos la misma norma. Unas veces invitaba a desprenderse de todo y darlo a los pobres, para seguirlo a él en su trabajo errante (Mt 19,21). A uno, en cambio, que deseaba seguirlo, lo mandó a su casa con su familia (Mc 5,19). El dinero es medio de sustento propio y de ayuda a los otros; pero si osara interponerse entre el hombre y su conciencia, el Señor no admite subterfugio, hay que servir a Dios y no al dinero. Este despego (Lc 14,33) es condición para todo discípulo, y el dilema turbó al joven rico cuando Jesús lo invitó a seguirlo. El muchacho, sinceramente religioso, reveló en aquel momento un apego a su fortuna que le impedía seguir el llamamiento: “poseía una gran fortuna” (Mt 19,22).

El dinero da una falsa seguridad, un sentido de autosuficiencia que hace olvidar al hombre su pobreza radical. Ahí está su peligro y por eso es tan difícil al rico entrar en el reino, que pertenece a “los que saben que son pobres” (Mt 5,3). Quien pone su confianza en dinero, posición o influencia tiende a absolutizarlos y prescinde de Dios. Aunque sus palabras sean cristianas, su capital no está en el cielo, y donde está el capital está el corazón (Mt 6,21). Muchos caudales puede invertir el hombre, pero el principal no es para bancos de este mundo: “Yo soy el Señor tu Dios… No tendrás otros dioses frente a mí” (Dt 5,6-7).

La codicia, el afán de tener más, es uno de los vicios que ha de extirpar el cristiano; san Pablo la estigmatiza de idolatría (Col 3,5). La codicia explota a los demás, tratando a las personas como a cosas, y es la raíz de la injusticia social, que cava zanjas tan profundas en la comunidad humana.

La generosidad es cristiana y aparece de diversas maneras en los escritos del Nuevo Testamento. En Jerusalén se puso en práctica la comunidad de bienes, de modo que nadie pasaba necesidad (Hch 2,45; 4,35). San Pablo organizó colectas en favor de ellos cuando pasaron por momentos difíciles; animando a contribuir, propone el criterio que guía de ordinario la asistencia al necesitado, fuera de casos excepcionalmente graves. Empieza su exhortación con un proverbio: “A siembra mezquina, cosecha mezquina; a siembra generosa, cosecha generosa”. Insiste en la espontaneidad de la oferta: “Cada uno dé lo que haya decidido en conciencia, no a disgusto ni por compromiso, que Dios se lo agradece al que da de buena gana” (2 Cor 9,6-7). En otro pasaje enuncia el principio: “No se trata de aliviar a otros pasando vosotros estrecheces, sino que, por exigencia de igualdad, en el momento actual vuestra abundancia remedie la falta que ellos tienen, para que un día la abundancia de ellos remedie vuestra falta y así haya igualdad” (2 Cor 8,13-14).

Les pide que ofrezcan lealmente lo superfluo al hermano indigente. No es lícito acumular dinero innecesario sabiendo que otros viven en la miseria. No nos toca dictaminar sobre los métodos eficaces de generosidad en la sociedad moderna, exponemos sólo el principio.

Significativa es la frase del Señor cuando reprueba el agobio por los bienes materiales: “¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido”? (Mt 6,25). Da pena ver cómo la gente desperdicia y amarga su vida por el afán de tener más, cuando encontrarían más felicidad si moderaran la ambición. No faltan movimientos contemporáneos que protestan precisamente contra el olvido de los fundamentales.

domingo, 18 de octubre de 2009

CAP.I.I.4 El ansia de honores.

Cap.I.I.4
El ansia de honores.

Cristo, de obra y de palabra (Jn 5,42), rechazó los honores humanos. Su actividad no miraba a su propia gloria, sino a la del Padre: él era enviado, representante y revelador del Padre en la tierra. Su desinterés por el propio prestigio le enajenó las simpatías de los fariseos; Cristo rehusaba entrar en el juego de ambiciones en que ellos vivían, y con su distancia lo condenaba: “No me aceptáis; a otro que venga en su propio nombre a ése sí lo aceptaréis” (Jn 5,43). Uno que buscase su propio prestigio sería bienvenido, pues aprobaría su conducta y se haría cómplice de su ambición. El mundo, esclavo de las dignidades, odia al que está libre porque desenmascara su vileza. Los fariseos sintiendo amenazado su mundillo y su posición social, rechazaron a Cristo. La estructura de honores creada y cuidadosamente mantenida por ellos les impedía creer, pues la fe la habría puesto en peligro: “Si vosotros os dedicáis al intercambio de honores y no buscáis el honor que viene del único Dios, ¿cómo va a ser posible que creáis?” (Jn 5,44).

Los pasajes del evangelio en que Cristo ridiculizaba la vanidad religiosa de los fariseos pueden hacer sonreír. Anunciaban sus limosnas a toque de trompeta, oraban de pie en las esquinas, se afeaban el rostro los días de ayuno. Cristo los califica de hipócritas (Mt 6,2.5.16), veamos de qué hipocresía se trata.

El Evangelio de Mateo conoce dos tipos de hipócritas: unos conscientes de su falsedad (Mt 15,8) y otros, que cabe llamar “hipócritas sinceros”, tan enzarzados en su propio juego de apariencias que habían perdido de vista las raíces viciadas de su proceder. A este tipo pertenecen los tres ejemplos mencionados antes. Sus prácticas religiosas no eran fingidas: daban limosna, rezaban y ayunaban de verdad. Pero el deseo de influencia y reverente popularidad falseaba radicalmente su postura. Mil razones piadosas encontraban sin duda para justificarla: edificar con el buen ejemplo, dar tono religioso a la sociedad, observar la ley, vencer el respeto humano. La maleza sofística les escondía el humus de su vanidad. Se requería una palabra profética para hendir la maraña y poner al descubierto la intención. Jesús la pronuncia y su advertencia vale para todos.

Es digna de nota la razón que da Cristo para prohibir a los suyos el uso de los títulos rabínicos: “rabbí” (maestro; literalmente, monseñor), “padre”, “guía o consejero”. Usar estos tratamientos como muestras de honor es una usurpación; para los cristianos el único maestro y guía es Cristo mismo; el único Padre es el Dios del cielo (Mt 23,8-10).

No faltaron veleidades de ambición entre los apóstoles, pensando en los honores del futuro reino. Una vez se atrevieron a proponer la cuestión a Jesús: “¿Quién es más grande en el reino de los cielos?”. El Señor cortó por lo sano: “Llamó a un niño, lo puso en medio y les dijo: “Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños nunca entraréis en el reino de los cielos”. Preguntaban qué méritos acarrearían honores. Jesús descubre la ambición solapada y la rechaza de plano: “Si no cambiáis… no entraréis”. Luego explica que ser como los niños consiste en renunciar a la propia importancia, para estar disponible y acudir a la llamada. Disponibilidad, servicio de los demás es lo que hace importante en el reino de los cielos (Mt 18,1-4).

Los títulos de estima o reverencia acaban siendo emblema de poder; lo que era en un tiempo apelativo espontáneo termina por imponerse y exigirse. Cristo condena esos títulos y no usa los suyos: nunca se llama Hijo de Dios, ni hijo de David, ni siquiera Mesías, sino sencillamente “el Hombre”, “este Hombre”, alusión velada a la profecía de Daniel (Dn 7,13), pero que no lo erigía por encima de los demás.

El colofón al párrafo sobre los títulos resume su doctrina y amonesta al ambicioso con la perspectiva del juicio: “Al que se eleva lo abajarán, y al que se abaja lo elevarán” (Mt 23,12). El metro de Cristo está graduado en unidades de servicio y dedicación. El don de Dios no justifica preeminencias, quien lo posee ha de esmerarse en ser hermano, no señor. Si los cristianos no han aprendido esta lección, no habrá sido por falta de maestro.

Ya se entiende que el Señor no busca ni propugna el deshonor ni la mala fama: él mismo recomienda el buen ejemplo (Mt 5,16). Pero condena que la fama se convierta en ídolo y que la persuasión de la propia importancia exima de servir al prójimo. El ansia de prestigio contamina la atmósfera con adulaciones y bajezas, lleva a vivir de apariencias, supeditando a ellas la verdad y la lealtad con los demás. Esta mentira social que divide a los hombres es contraria al evangelio. La honradez personal expone a críticas y calumnias, como sucedió a Jesús. No se debe abdicar por temor a ellas, hay que atreverse a ser uno mismo “a través de honra y afrenta, de mala y buena fama” (2 Cor 6,8).

CAP.I.I.4 La sed de poder-

Cap.I.I.4
La sed de poder.

Innumerables son los pasajes del evangelio donde Cristo combate la sed de poder; él mismo se pone como ejemplo: “No he venido a que me sirvan, sino a servir” (Mt 20,28). En la última cena, para inculcar a los discípulos la actitud cristiana les lava los pies como un criado, intimándoles su voluntad de que se porten así entre ellos, pues “el criado no es más que el amo, ni el enviado más que el que lo envía” (Jn 13,15-16).

Los evangelios sinópticos repiten sin cansarse las frases de Cristo que condenan toda pretensión de poder. Vale la pena citar un pasaje entero: “Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros, nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve. Vamos a ver, ¿quién es más grande, el que está a la mesa, ¿verdad? Pues yo estoy entre vosotros como quien sirve” (Lc 22,25-27).

Puede compararse Mt 20,25-28; 23,8-12; Mc 9,35-48; 10,42-45. Los evangelistas aprendieron bien la lección y pusieron todo interés en trasmitirla.

Los apóstoles siguieron y recomendaron esta enseñanza. Cuando los corintios quisieron constituir a Apolo y a Pablo en jefes de partido, la reacción de Pablo es violenta: “En fin de cuentas, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Auxiliares (lit. servidores) que os llevaron a la fe, cada uno con lo que le dio el Señor” (1 Cor 3,5).

Y en la segunda carta recuerda a los corintios que él no se predica a sí mismo, predica que el Señor es Cristo y él servidor de la comunidad (2 Cor 4,5).

La primera carta de Pedro refleja los textos de Mateo y Marcos, refiriéndose concretamente a los presbíteros de la Iglesia. Les recuerda que los fieles son rebaño de Dios: les recomienda que no ejerzan su cargo con desgana ni por afán de lucro, sino con gusto y entusiasmo. Y finalmente les enseña que su misión no consiste en tiranizar a las comunidades, sino en ser su modelo (1 Pe 5,2).

Cristo no excluye solamente la opresión entre los cristianos (Mt 20,25; Mc 10,42); prohíbe además toda manera de gobierno que se asemeje al poder civil y ridiculiza la adulación que exigen los poderosos (Lc 22,25). Su veto es tajante: “Vosotros, nada de eso” (ibid.26). En otros pasajes afirma la igualdad entre cristianos: “Vosotros sois todos hermanos” (Mt 23,8) y explicita sin equívoco posible que ninguna función eclesiástica puede ser pedestal de una superioridad; al contrario, el que ocupa un cargo ha de poner empeño en subrayar la igualdad: “El más grande sea servidor, el primero esclavo” (Mt 23,11; 20,27); Mc 10,44); “el más grande iguálese al más joven, el que dirige, al que sirve” (Lc 22,26).

Siguiendo esta enseñanza, recusó san Pedro el homenaje del capitán Cornelio: “Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio salió a su encuentro y se echó a sus pies, pero Pedro lo alzó diciendo: “Levántate; que soy un hombre como tú” (Hch 10,26).

CAP.I.I.4 La triple ambición.

CAP I.I.4
La triple ambición.

El ideal del mundo, su ídolo, es la triple ambición: dinero, honor, poder. Eso estima y a eso aspira. La cima de las tres es el poder. Ellas corrompen la sociedad, suscitando rivalidad y división. Nacen del egoísmo y persiguen el éxito personal; el prójimo no interesa, es más, puede ser estorbo para la consecución de los propios objetivos. En mayor o menor escala, cada ambición supura enemistad, recelo y envidia, que se traducen en zancadillas, intrigas o calumnias, bajeza y adulación.

En una sociedad que canoniza las tres ambiciones, la unión es imposible. Por eso Cristo no pertenece al mundo; él no acepta tales valores ni tal modo de ser. Lo muestra con su vida; al afán y la seguridad del dinero opone la vida pobre y errante; contra el ansia de prestigio y honores, no le importa arriesgar su reputación y deja que lo llamen “comilón y borracho, amigo de recaudadores y descreídos” (Mt 11,19), “endemoniado y loco” (Jn 10,20); frente a la sed de poder, rechaza las tentativas de hacerlo rey (Jn 6,15), silencia su título de Mesías (Mc 8,29-30) y rehúsa dar las señales que les habrían ganado el reconocimiento oficial (Mt 16,1-4).

Para que sus discípulos fueran en el mundo ejemplo y semilla de unidad tenía que sacarlos del mundo, desarraigando de ellos las tres ambiciones fundamentales: “Yo les he transmitido el mensaje que tú me diste y ellos lo han aceptado” (Jn 17,8). Aceptar el mensaje de Dios significa atraerse la enemiga del mundo: “Yo les he transmitido tu palabra y el mundo los odia porque no le pertenecen, como tampoco yo” (Jn 17,14). La pertenencia o no pertenencia al mundo no depende del estado de vida ni de la ostentación de una doctrina, se miden por el engrane de la ambición en la conducta. Quien suelta el pedal, sea quien sea, pertenece al mundo y no es de Cristo.

CAP.I.I.4. El mundo.

Cap.I.I.4
El mundo.

Dios amó al mundo, pero el mundo no se lo agradece; es más, no puede tolerar ese amor y mata al Hijo único. Cristo ofrece su vida para salvarlo y envía emisarios para continuar su obra. El amor de Dios no ceja; pero el mundo tampoco, sigue rechazando y persiguiendo.

¿Quién es ese mundo? Se nos dice que Dios lo ama (Jn 3,16), pero Cristo no pertenece a él ni ora por él (Jn 17,9). Dios lo creó muy bueno, pero está todo él en poder del Malo (1 Jn 2,15) y necesitan en él la protección del Padre (Jn 17,11).

Si es objeto de amor y de reprobación al mismo tiempo, el mundo ha de tener dos aspectos. Designa en primer lugar a la raza humana, y Dios ama al hombre que hizo a su imagen. Pero al mismo tiempo denota la trama social, no entretejida para la solidaridad, sino anudada con la injusticia.

El mundo significa, por tanto, la humanidad con toda su estructura impregnada de mal, la raza humana ciega, en lucha, desorientada y sin salida. Dios ama a los hombres y quiere sacarlos de esa fosa. Imitando a Dios, el cristiano ha de amarlos también, pero ha de odiar el mal que envenena la relación humana a todos sus niveles.

lunes, 12 de octubre de 2009

CAP.I.I.4 La liberación: paz entre los hombres.

Cap.I.I.4
La liberación: Paz entre los hombres.

El pecado del hombre consistía precisamente en la corrupción de la sociedad humana, dividida por el odio, la explotación y la mentira. Condición para reconciliarse con Dios es la hermandad entre los hombres; de lo contrario, el pecado persevera. Por eso la cruz de Cristo empieza a derribar barreras entre pueblos:

“Porque él es nuestra paz, él, que de los dos pueblos hizo uno y derribó la barrera divisoria, la hostilidad, aboliendo en su carne la Ley de los minuciosos preceptos; de este modo, con los dos creó en sí mismo una humanidad nueva, estableciendo la paz y, a ambos, hechos un solo cuerpo, los reconcilió con Dios por medio de la cruz, matando en sí mismo la hostilidad” (Ef 2,14-16).

La hostilidad, pecado del mundo, se opone a la hermandad, propósito del Padre. Sólo cuando la hostilidad desaparece queda el hombre reconciliado con Dios. El ejemplo de Cristo y el don del Espíritu, que infunde su amor en los hombres, harán posible la humanidad nueva.

Hay que analizar la paz iniciada por Cristo. La enemiga entre judíos y paganos no se limitaba al terreno religioso, era al mismo tiempo racial, cultural y política. Es conocido el desprecio mutuo de los pueblos en la antigüedad, y también en nuestros días, por desgracia. Cada uno blasonaba de sus orígenes y consideraba inferiores a los demás. La discrepancia cultural estaba engastada en la misma ley de Moisés, muchos de cuyos preceptos eran tabúes alimenticios, impedimentos matrimoniales o prácticas higiénicas, no estrictamente religiosos. En lo político, el antagonismo era debido a la dominación romana en Palestina, humillación suprema del pueblo elegido, que provocaba periódicamente estallidos de rebeldía. Las represalias culminaron en la destrucción de Jerusalén.

En su condición pecadora, el hombre arrastraba el fardo del pasado. Cristo en la cruz, obteniendo el perdón, le desata ese lastre para que comience a vivir. A la antigua condición sucede el hombre nuevo, libre de los odios ancestrales, abierto a la solidaridad, por encima de raza, condición social, cultura y nación. Ninguna diferencia constituye privilegio: “Porque todos, al ser bautizados para vincularos a Cristo, os vestisteis de Cristo. Se acabó judío y griego, siervo y libre, varón y hembra, dado que vosotros hacéis todos uno con Cristo Jesús” (Gál 3,27).

Por ser incorporación a Cristo, el bautismo es sacramento de solidaridad humana; para el que lo recibe, ninguna distinción entre hombres podrá ser impedimento a la hermandad.

miércoles, 7 de octubre de 2009

CAP.I.I.3 Amor de DIos al Hombre.

Cap.I.I.3
Amor de Dios al hombre.

La iniciativa de Dios brota de su amor inalterable al hombre su criatura: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo” (Jn 3,16). Para san Pablo incluso el extravío de la humanidad entera era designio del amor de Dios: “Todos pecaron y están privados de la presencia de Dios; pero graciosamente van siendo rehabilitados por la generosidad de Dios, mediante la liberación efectuada en Cristo Jesús” (Rom 3,23-24); “Dios encerró a todos en la rebeldía, para tener misericordia de todos” (Rom 11,32).

Se puede formular esta realidad en otros términos: Dios es leal al hombre, aunque el hombre sea desleal con él (Rom 3,7). Aun cuando el hombre se empeñe en destruirse, creando una sociedad de odio y explotación, Dios no ceja; es más fiel al hombre que el hombre mismo. Quiere sacarlo de la zona maldita en que vive, para salvarlo de la ruina. Esta acción divina a favor del mundo se expresa en el Nuevo Testamento de varias maneras; una de ellas, que alude a la relación Padre-hijo, es la de “reconciliación”.

La reconciliación del hombre es un acto de Dios, obra de su amor, que quiere llevar al mundo de la muerte a la vida. Para realizarla, necesita cambiar no sólo el estado legal del hombre, sino su mismo ser; crear un “hombre nuevo” a imagen suya (Col 3,10), libre del egoísmo y de las consecuencias del pecado.

Con este fin envía Dios a su Hijo al mundo; la reconciliación será obra de la sangre de Cristo. No hay que interpretar esta expresión como si Dios, antes airado, se hubiera aplacado con esta sangre; sería una concepción mitológica y falsa. Dios no necesitaba aplacarse, siempre había amado al mundo que creó. La sangre de Cristo, o sea, el sacrificio de Cristo, es la libre ofrenda de su vida por amor a los hombres. Él nos amó y se entregó por nosotros (Gál 2,20), y el amor de Cristo manifiesta el amor de Dios (Rom 5,8).

En Cristo quiso Dios cambiar al hombre para reconciliarse la raza humana. Aunque exento de pecado, el hombre Jesús llevaba en su ser la debilidad (2 Cor 13,4), la sujeción al dolor y la muerte propias de la naturaleza pecadora. Como todo hombre, era “carne y hueso” que no podía heredar el reino de Dios; lo corruptible no puede heredar la incorrupción. (1 Cor 15,10).

Para transformar esa naturaleza, Dios no utiliza medios ajenos a la condición del hombre; no propone rodeos ni evasiones que ignoren su tragedia. Había que dar sentido al absurdo del dolor y la muerte, haciéndolos instrumento de salvación y de gloria. Por eso Cristo tenía que sufrir y morir, como todo hombre; permanecer en la muerte; tenía que morir de tal manera que la muerte quedara vencida (Heb 2,18), acabando con el terror que tenía al hombre esclavo (Heb 2,15).

La Carta a los Hebreos propone esta teología de la muerte de Cristo: “Convenía que Dios, fin del universo y creador de todo, proponiéndose conducir muchos hijos a la gloria, al pionero de su salvación lo consumara por el sufrimiento” (2,10).
En Cristo, llevado a la perfección por su prueba extrema, el hombre pasa de débil a fuerte, de mísero a glorioso, de mortal a inmortal; empieza el mundo nuevo, definitivo: “Ahora, es verdad, no vemos todavía el universo entero sometido al hombre; pero vemos ya al que Dios hizo un poco inferior a los ángeles, a Jesús, que, por haber sufrido la muerte, está coronado de gloria y dignidad; así por la gracia de Dios, la muerte que él experimentó redunda en favor de todos” (Heb 2,8-9).

La muerte de Cristo es la revelación del amor de Dios al hombre, amor infinito y sin condiciones, independiente de la bondad o maldad humana: “Cristo murió por nosotros cuando éramos aún pecadores, así demuestra Dios el amor que nos tiene” (Rom 5,8).

Es, al mismo tiempo, la respuesta de un hombre a ese amor de Dios que se revela. La respuesta consiste en la entrega total, sin reservas, que se expresa con los términos “obediencia” o “perfección”. La naturaleza humana, viciada por la rebeldía, queda enderezada por la obediencia incondicional de Cristo, que la cambia casi diríamos antológicamente. Amor incondicional de Dios, entrega incondicional del hombre: la reconciliación es un hecho. Cristo muere por amor al Padre y a los hombres. En su humanidad no queda brizna de egoísmo, la ha desintoxicado de todo el veneno. Ha vencido al pecado.

La antigua solidaridad con Adán contagiaba la muerte; la solidaridad con el nuevo Adán infunde la vida; “Si por el delito de aquél solo, la muerte inauguró su reinado, mucho más los que reciben esa sobra de gracia y de perdón gratuito, viviendo reinarán por obra de unos solo, Jesucristo” (Rom 5,17).

Cristo Jesús es el Hombre, representante de la humanidad entera; él ha verificado en sí el ideal humano, la imagen de Dios (Col 1,15) que es amor. El es el Hijo respecto a Dios, el hermano y amigo con relación a los hombres: “no se avergüenza de llamarnos hermanos” (Heb 2,11), “ni hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,13).

La reconciliación lleva consigo el perdón de todo pecado: “Por medio del evangelio se está revelando la amnistía que Dios concede, única y exclusivamente por la fe” (Rom 1,17), que es la respuesta al amor de Dios manifestado en Jesucristo. “Estamos en paz con Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor” (Rom 5,1) y, en consecuencia, “no hay motivo de condenación para los que están unidos a Cristo Jesús” (Rom 8,1).

Tan grande es el amor de Dios al hombre que su generosidad no escatimó a su propio Hijo (Rom 8,32); por el mundo, Jesucristo dio su vida en la cruz. El hombre reconciliado ya no vive para sí, sino para Cristo (2 Cor 5,15) y al no estar centrado en sí mismo, extirpa la raíz del pecado. Se lo permite el nuevo impulso del Espíritu, don que Dios derrama en lo íntimo; gracias a él puede amar a los demás con el amor que Dios le comunica (Rom 5,5). El amor reemplaza el egoísmo y orienta al hombre en dirección a la vida.

Hay que creer seriamente en el amor de Dios. Tal seguridad daba a san Pablo, que podía preguntarse jugando con las paradojas: “¿Quién será el fiscal de los elegidos de Dios? Dios, el que perdona. Y ¿a quién tocará condenarlos? A Cristo Jesús, el que murió o, mejor dicho, resucitó, el mismo que está a la derecha de Dios, el mismo que intercede en favor nuestro. ¿Quién podrá separarnos de ese amor de Cristo? (Rom 8,33-35).

El hombre no tiene enemigos en el cielo, tiene un Padre y un Hermano.