LA FIESTA, ALIENTO DE LA VIDA CRISTIANA.
Cristo no instituyó un culto ni mostró interés alguno por ceremonias ni rituales; nunca se dice en los evangelios que asistiera a las oraciones públicas del templo. Y en el inverosímil supuesto de que lo hiciera -recuérdese la maldición de la higuera, símbolo del templo (Mc 11,15-22)-, el dato no quedó archivado, mostrando que los evangelistas no le atribuían ninguna importancia. En cambio, participó con sus discípulos en la cena pascual, donde, con toda simplicidad, en una casa, distribuyó un pan y un vino que eran su cuerpo y su sangre. Luego, un encargo: "Haced lo mismo en memoria mía" (Lc 22,19; 1 Cor 11,24-25), sin ceremonia prescrita ni forma regulada.
Según la Carta a los Hebreos, el culto reglamentado era una sombra, disipada por el cumplimiento: "La primera alianza tenía reglamentos cultuales y un santuario en este mundo" (Heb 9,1). Todo esto terminó con el sacrificio de Cristo, que entró de una vez para siempre en el verdadero santuario -que no pertenece a esta creación- y obtuvo una liberación definitiva (ibíd. 11-12).
Como hemos visto en el capítulo II, el culto cristiano no conoce tiempo, es continuo, pues la vida misma es culto; la entrega a Dios y al hombre es sacrificio y servicio. Cuando los cristianos se encuentran es, por tanto, para celebrar una fiesta o tener una reunión.
Cristo comunica una vida, y la vida pide expresión y exuberancia; por eso tenía que florecer en fiesta. Por otra parte, el término "memoria" o "memorial", empleado por Cristo, incluye una conmemoración; y una reunión con propósito de conmemorar algo o a alguien, un aniversario, el éxito o la presencia de un personaje, se llama celebración: "Se celebró el centenario de...", "se celebró un banquete en honor de...".
En este capítulo analizaremos en primer lugar la esencia de la fiesta y las causas de su decadencia; propondremos luego una definición, explicando sus elementos; nos detendremos finalmente en los grados y características de la celebración cristiana.
Juan Mateos. Más allá del Cristianismo Convencional. ¿Qué es eso de ser cristiano? Para Mateos - y también para Pablo -, la vida cristiana es, ante todo, algo "profético" testimonio de la unidad y felicidad propia del Reino, tarea de reconciliación entre los hombres y denuncia de la maldad que la impide.
JUAN MATEOS.
CRISTIANOS EN FIESTA EN PDF.
ÍNDICE DE CRISTIANOS EN FIESTA.
lunes, 21 de junio de 2010
Dos observaciones.
Pero hay que hacer dos observaciones. La primera es que muchos grupos cristianos se encuentran todavía de hecho en el estadio religioso; por ejemplo, en cuanto a la necesidad de espectáculo litúrgico, de devoción dulzona, de imágenes de mal gusto, de novenas con peticiones rastreras. El interés de ellos y el bien de la Iglesia y del mundo piden que salgan de su situación. Pero hay que considerar que no saben otra cosa y que la angustia en que viven no les permite nada diferente. Sería cruel, anticristiano y antidivino privarlos de lo que tienen, ofenderlos y ofrecerles un pan que no pueden masticar.
No hay que resignarse simplemente, sin embargo. Si el niño tiene hambre, hay que darle leche; pero poco a poco el maestro, consciente de su misión, tiene que plantar la inquietud en el ánimo del alumno para estimularlo a obrar por sí mismo. Por el momento, ha de alimentarlo con lo que puedan triturar sus encías, pero al mismo tiempo ha de ir formando a la Iglesia para el servicio de la humanidad. En el servicio mismo, empezando quizá sin convicción, al sentirse cooperador de Dios en la ayuda al más necesitado que él, puede descubrir a un Dios que no sea simplemente panacea. Uno que merece ser amado por sí mismo, no como recurso, ni siquiera como caudillo.
La segunda observación atañe también al realismo. Aunque el cristiano comprenda ser voluntad de Dios que el hombre crezca y vaya arreglando sus problemas por sí mismo, sabe también que para muchos de ellos las soluciones están todavía lejos. Esto justifica la petición a Dios. De hecho, se le pide que llene un hueco, porque el hueco es real, hay que llenarlo y no hay nadie capaz. Es un aspecto de nuestra humildad. La diferencia con la mentalidad religiosa consiste en que no se recurre a Dios por dejadez ni por miedo a la responsabilidad, sino por resultar imposible tomársela. Conociendo el designio sobre el hombre y excluyendo todo espíritu mercenario, confesamos cándidamente nuestra impotencia, reconociendo que, en el caso concreto, él es nuestro único refugio; y él lo sabe.
No hay que resignarse simplemente, sin embargo. Si el niño tiene hambre, hay que darle leche; pero poco a poco el maestro, consciente de su misión, tiene que plantar la inquietud en el ánimo del alumno para estimularlo a obrar por sí mismo. Por el momento, ha de alimentarlo con lo que puedan triturar sus encías, pero al mismo tiempo ha de ir formando a la Iglesia para el servicio de la humanidad. En el servicio mismo, empezando quizá sin convicción, al sentirse cooperador de Dios en la ayuda al más necesitado que él, puede descubrir a un Dios que no sea simplemente panacea. Uno que merece ser amado por sí mismo, no como recurso, ni siquiera como caudillo.
La segunda observación atañe también al realismo. Aunque el cristiano comprenda ser voluntad de Dios que el hombre crezca y vaya arreglando sus problemas por sí mismo, sabe también que para muchos de ellos las soluciones están todavía lejos. Esto justifica la petición a Dios. De hecho, se le pide que llene un hueco, porque el hueco es real, hay que llenarlo y no hay nadie capaz. Es un aspecto de nuestra humildad. La diferencia con la mentalidad religiosa consiste en que no se recurre a Dios por dejadez ni por miedo a la responsabilidad, sino por resultar imposible tomársela. Conociendo el designio sobre el hombre y excluyendo todo espíritu mercenario, confesamos cándidamente nuestra impotencia, reconociendo que, en el caso concreto, él es nuestro único refugio; y él lo sabe.
Cristianismo.
Al descubrir la etapa religiosa del hombre como estadio precristiano, el lector habrá reconocido muchos rasgos del cristianismo que ha vivido. No es de extrañar. Como ya insinuábamos a propósito de la libertad, la sociedad humana de que era parte la Iglesia no estaba preparada para digerir alimento tan adulto, y persistió en la mentalidad religiosa heredada del paganismo y del judaísmo, a pesar de la posición neta y valiente de san Pablo.
Dios aceptó la situación, pero no se resignó a ella. Poco a poco fue liberando al hombre, que hoy protesta precisamente contra la religión, motivó para él de escándalo. Los ataques a la moral interesada, al Dios despótico, al infantilismo de la ley, a la tutela, al espiritualismo desencarnado, muestran que las concepción religiosa está en grave crisis. El hombre no va a aceptarla en el futuro. Por mucho que el simbolismo y la poesía retornen, como es de desear, al mundo técnico agostado por el análisis, siempre será con un nuevo espíritu de libertad y emancipación, extranjero al precedente de angustia y escrúpulo.
La secularización acucia, exorcizando la religiosidad interesada. Cada vez le quedan a Dios menos huecos que llenar. Los hombres han aprendido a hacer cosas mantenidas antes dentro del coto de la religión; han encontrado la llave de los misterios y, con un empellón a los centinelas sacros, han abierto las puertas.
Es un hecho que la humanidad toma su destino en las manos. Un destino que no depende de profecías o derechos sobrenaturales, sino que se planifica y ejecuta sin acordarse de valores religiosos. No se justifican las actividades invocando la voluntad de Dios, sino el bien del hombre; no se apela a instancias superiores. El hombre quiere encargarse de sí mismo sin seguir falsillas ajenas ni esperar directivas sacrales. La "religión" no tiene sitio en la empresa humana; la sociedad, que se esforzaba antes por tener propicios a sus dioses, los ha olvidado. Basta escuchar a la gente y enterarse de lo que le interesa, la entusiasma, ocupa sus conversaciones o su tiempo libre. Antiguamente, hasta la diversión era religiosa: la misa mayor o el sermón de campanillas eran espectáculo.
Incluso los creyentes comprometidos se preocupan hoy mucho más por la integración racial, la guerra o la injusticia que por los problemas estrictamente religiosos. No interesa gran cosa lo que digan el párroco, el obispo o el papa, la organización de la Iglesia o los ejercicios de piedad. Lo humano, lo mundano, en su aspecto de frivolidad o de problema, según la calidad de las personas, es lo que ocupa las mentes.
La vida humana va tomando forma sin el control de la religión; antes tenía en cuenta normas, valores, conductas dictadas "por lo que es cristiano". Ahora los valores ya no se sinceran con tales declaraciones. Y esto incluso en los creyentes; resulta cada vez más fuera de lugar aducir razones religiosas en asuntos de este mundo.
En la comunidad cristiana se nota un cambio de postura. El símbolo de la "Iglesia-Madre" es poco apreciado. Durante mucho tiempo se fue a la Iglesia para encontrar en ella una ayuda, gasolina para la vida: consuelo, equilibrio psíquico, personalización. Si la Iglesia es solamente refugio o clínica, la fe es todavía escasa, pesan demasiado los intereses personales; es más un eros religioso que una fe. Ya hace años, sin embargo, que no pocos grupos cristianos empezaron a comprender y practicar el compromiso como testimonio; por aquí se entraba ya en terreno cristiano, por la resolución de fidelidad al Señor y de empeño en la tarea. La actitud era a veces demasiado adusta y tensa, pero la fidelidad puede llevar al amor. La cruz, modelo y cumbre de la dedicación, mide al mismo tiempo la distancia al ideal que se persigue; el hombre se resiste a ser crucificado. Es entonces cuando descubre el otro aspecto de la cruz, el de la misericordia, que suscita otra clase de amor; no el interesado de la religión ni la lealtad del soldado, sino uno que no espera beneficios ni se traduce en actividad; queda en el corazón, como humildad y agradecimiento, amistad y goce de su Dios. Y es entonces cuando la misión alcanza su plenitud, al ser expresión del amor sentido y testimonio humilde de la experiencia personal.
El cristianismo, guiado por el Espíritu de Dios, descubre cada vez más a Cristo y se entiende cada vez más a sí mismo. Deja caer sus ornamentos religiosos para mezclarse con los hombres "como uno de tantos" (Flp 2,7), comprende la acción de Dios que cede la iniciativa al hombre, y siente los brazos de Dios que lo levantan de la postración y le piden en cambio una sonrisa. Su misma oración se realiza mucho más en la presencia que en la petición. Da gracias a Dios porque lo libra de tantas necesidades elementales, porque le permite buscarlo desinteresadamente y acercarse a su prójimo con más flores que monedas. Se siente libre de coacciones y respira la alegría de la salvación.
Dios aceptó la situación, pero no se resignó a ella. Poco a poco fue liberando al hombre, que hoy protesta precisamente contra la religión, motivó para él de escándalo. Los ataques a la moral interesada, al Dios despótico, al infantilismo de la ley, a la tutela, al espiritualismo desencarnado, muestran que las concepción religiosa está en grave crisis. El hombre no va a aceptarla en el futuro. Por mucho que el simbolismo y la poesía retornen, como es de desear, al mundo técnico agostado por el análisis, siempre será con un nuevo espíritu de libertad y emancipación, extranjero al precedente de angustia y escrúpulo.
La secularización acucia, exorcizando la religiosidad interesada. Cada vez le quedan a Dios menos huecos que llenar. Los hombres han aprendido a hacer cosas mantenidas antes dentro del coto de la religión; han encontrado la llave de los misterios y, con un empellón a los centinelas sacros, han abierto las puertas.
Es un hecho que la humanidad toma su destino en las manos. Un destino que no depende de profecías o derechos sobrenaturales, sino que se planifica y ejecuta sin acordarse de valores religiosos. No se justifican las actividades invocando la voluntad de Dios, sino el bien del hombre; no se apela a instancias superiores. El hombre quiere encargarse de sí mismo sin seguir falsillas ajenas ni esperar directivas sacrales. La "religión" no tiene sitio en la empresa humana; la sociedad, que se esforzaba antes por tener propicios a sus dioses, los ha olvidado. Basta escuchar a la gente y enterarse de lo que le interesa, la entusiasma, ocupa sus conversaciones o su tiempo libre. Antiguamente, hasta la diversión era religiosa: la misa mayor o el sermón de campanillas eran espectáculo.
Incluso los creyentes comprometidos se preocupan hoy mucho más por la integración racial, la guerra o la injusticia que por los problemas estrictamente religiosos. No interesa gran cosa lo que digan el párroco, el obispo o el papa, la organización de la Iglesia o los ejercicios de piedad. Lo humano, lo mundano, en su aspecto de frivolidad o de problema, según la calidad de las personas, es lo que ocupa las mentes.
La vida humana va tomando forma sin el control de la religión; antes tenía en cuenta normas, valores, conductas dictadas "por lo que es cristiano". Ahora los valores ya no se sinceran con tales declaraciones. Y esto incluso en los creyentes; resulta cada vez más fuera de lugar aducir razones religiosas en asuntos de este mundo.
En la comunidad cristiana se nota un cambio de postura. El símbolo de la "Iglesia-Madre" es poco apreciado. Durante mucho tiempo se fue a la Iglesia para encontrar en ella una ayuda, gasolina para la vida: consuelo, equilibrio psíquico, personalización. Si la Iglesia es solamente refugio o clínica, la fe es todavía escasa, pesan demasiado los intereses personales; es más un eros religioso que una fe. Ya hace años, sin embargo, que no pocos grupos cristianos empezaron a comprender y practicar el compromiso como testimonio; por aquí se entraba ya en terreno cristiano, por la resolución de fidelidad al Señor y de empeño en la tarea. La actitud era a veces demasiado adusta y tensa, pero la fidelidad puede llevar al amor. La cruz, modelo y cumbre de la dedicación, mide al mismo tiempo la distancia al ideal que se persigue; el hombre se resiste a ser crucificado. Es entonces cuando descubre el otro aspecto de la cruz, el de la misericordia, que suscita otra clase de amor; no el interesado de la religión ni la lealtad del soldado, sino uno que no espera beneficios ni se traduce en actividad; queda en el corazón, como humildad y agradecimiento, amistad y goce de su Dios. Y es entonces cuando la misión alcanza su plenitud, al ser expresión del amor sentido y testimonio humilde de la experiencia personal.
El cristianismo, guiado por el Espíritu de Dios, descubre cada vez más a Cristo y se entiende cada vez más a sí mismo. Deja caer sus ornamentos religiosos para mezclarse con los hombres "como uno de tantos" (Flp 2,7), comprende la acción de Dios que cede la iniciativa al hombre, y siente los brazos de Dios que lo levantan de la postración y le piden en cambio una sonrisa. Su misma oración se realiza mucho más en la presencia que en la petición. Da gracias a Dios porque lo libra de tantas necesidades elementales, porque le permite buscarlo desinteresadamente y acercarse a su prójimo con más flores que monedas. Se siente libre de coacciones y respira la alegría de la salvación.
Niño-adulto.
La "religión" era un estadio infantil. Proclamada por Cristo la mayoría de edad, la "religión" ha de ir desapareciendo, pues pertenecía a lo elemental que esclavizaba y dividía al hombre. Era un régimen de temor alienante, abrumado como estaba por la conciencia de culpa y amedrentado por la ira del Dios justiciero; escindía al hombre, divorciando lo religioso de lo humano; dividía a la humanidad, pegando etiquetas de bondad o maldad, de salvación o ruina, tomando por criterio sus prácticas y creencias; mantenía al hombre en el infantilismo, acostumbrándolo a buscar solución en Dios o llevándolo a un fatalismo inerte; desembocaba en la tristeza, por no encontrar una amistad con Dios, libre de intereses mezquinos. En conjunto, fomentaba la alienación y la esquizofrenia, por introducir cuñas separadoras en todo ángulo del ser.
Cristo, por el contrario, para dar la salud al hombre, lo rotaliza y lo integra, borrando las líneas divisorias: se cuartean los muros del templo y se sacraliza el universo; se agrietan los días sagrados y se santifica el tiempo entero, se derrumban las barreras de casta y se consagra todo hombre; el Espíritu que inspiró a los profetas se derrama sobre todo mortal y la relación con Dios invade la vida y se identifica con ella.
Algunos hombres habían tenido esta intuición, pero de ordinario se habían separado de la sociedad para dedicarse por su cuenta a prácticas ascéticas particulares. Tampoco eso es condición; en la nueva edad que comenzó con Cristo, la vida de todo hombre, tranquila o ajetreada, es culto de Dios y lugar de Dios, con tal del que viva para el bien de los otros.
A la "religión" pertenecen varias concepciones con respecto a Dios: la del dios tirano, cuya omnipotencia juega con sus criaturas, destinándolas a dicha o ruina con una decisión inapelable. La del dios envidioso, que mantiene al hombre sometido, sintiendo celos de su autonomía y libertad. La del dios tremendo, que exige el homenaje y la adulación, so pena de caer víctimas de su cólera. La del dios banquero, que espía y anota cuidadosamente las faltas de los hombres, para ajustar las cuentas en el juicio. Ese es el dios que puede adorarse con los labios, pero nunca con el corazón; el dios que tortura al hombre condenándolo a culto forzado y provocando odio en lo íntimo de ser. Fruto podrido de la religión es la blasfemia, protesta contra la oculta esclavitud, que se da de ordinario en pueblos sedicentes religiosos. Ese es el dios que ha muerto, como se ha dicho en los últimos años. En realidad, era un espantajo, que se esfumó cuando Cristo pronunció el apelativo: "¡Padre!".
Cristo, por el contrario, para dar la salud al hombre, lo rotaliza y lo integra, borrando las líneas divisorias: se cuartean los muros del templo y se sacraliza el universo; se agrietan los días sagrados y se santifica el tiempo entero, se derrumban las barreras de casta y se consagra todo hombre; el Espíritu que inspiró a los profetas se derrama sobre todo mortal y la relación con Dios invade la vida y se identifica con ella.
Algunos hombres habían tenido esta intuición, pero de ordinario se habían separado de la sociedad para dedicarse por su cuenta a prácticas ascéticas particulares. Tampoco eso es condición; en la nueva edad que comenzó con Cristo, la vida de todo hombre, tranquila o ajetreada, es culto de Dios y lugar de Dios, con tal del que viva para el bien de los otros.
A la "religión" pertenecen varias concepciones con respecto a Dios: la del dios tirano, cuya omnipotencia juega con sus criaturas, destinándolas a dicha o ruina con una decisión inapelable. La del dios envidioso, que mantiene al hombre sometido, sintiendo celos de su autonomía y libertad. La del dios tremendo, que exige el homenaje y la adulación, so pena de caer víctimas de su cólera. La del dios banquero, que espía y anota cuidadosamente las faltas de los hombres, para ajustar las cuentas en el juicio. Ese es el dios que puede adorarse con los labios, pero nunca con el corazón; el dios que tortura al hombre condenándolo a culto forzado y provocando odio en lo íntimo de ser. Fruto podrido de la religión es la blasfemia, protesta contra la oculta esclavitud, que se da de ordinario en pueblos sedicentes religiosos. Ese es el dios que ha muerto, como se ha dicho en los últimos años. En realidad, era un espantajo, que se esfumó cuando Cristo pronunció el apelativo: "¡Padre!".
Utilitarismo religioso.
Las religiones pretendían monopolizar las doctrinas capaces de resolver los problemas humanos, fueran sociales o interiores al hombre. Pero, en realidad, ¿hace falta la "religión" para asegurar el equilibrio psíquico del hombre, su conducta moral, su dedicación al prójimo?, ¿la necesita el hombre para alumbrar su camino, señalar objetivos o sostener esfuerzos? Las religiones buscaban al Dios fuerte para sostener al hombre débil, instrumentalizando a Dios, que se convertía en panacea de los problemas humanos.
A los ojos de la religión, Dios era el soberano que graciosamente concedía gracias a súbditos agobiados que imploraban su majestad. Pero en el Nuevo Testamento Dios se muestra débil en todo ante el mundo. Se revela en el hecho histórico de Jesús, con todas sus incertidumbres, que dejaban lugar a dudas y oposiciones. Sus testigos ante el mundo fueron hombres muy vulnerables al ataque. La fe en él está sujeta a todo vaivén e intemperie, hasta apagarse por la miseria o el dolor. Su acción se ejerce en agua, pan y vino. En el Antiguo Testamento aparece con fuego y huracán. En el Nuevo, en cambio, no espera ni consiente que el hombre se arrodille quebrantado para acudir a salvarlo sin esfuerzo; en Cristo se hace un humilde para salvar a los humildes, un perseguido, un condenado. Dios se humilla para salvar al hombre humillado.
La religión invoca al Dios-solución, al Dios llena-huecos, que puede satisfacer sus necesidades. Ejemplo de ella es el voto de Jacob: "Si Dios está conmigo y me guarda en el viaje que estoy haciendo, si me da pan para comer y vestidos para cubrirme, su vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces Yahvé será mi Dios, y esta piedra que he levantado será casa de Dios. Y de todo lo que me des, te daré el diezmo" (Gn 28,20-22).
Pero resulta que con el progreso humano los huecos los va llenando el hombre. La antigua mercancía celeste se vende en la plaza pública; no hay que invocar a lo alto, basta salir a la calle. Dios no era como se lo imaginaban las religiones, ni se conforma con ser instrumento y comodidad para el hombre. Quiere que el hombre sea adulto, que ande solo, que se haga independiente. Dios quiere hijos mayores, no niños inseguros. Para ello le pasa al hombre su potencia, le va transfundiendo su propia sangre, lo hace sentirse fuerte. Solamente así liberado, podrá el hombre entablar con él la relación de amor y amistad, de agradecimiento y confianza. Dios no es instrumento, es fruición; no es déspota, es Padre. La mentalidad religiosa interesada es infantil y precristiana.
Ni siquiera la misión en el mundo, que Dios le asigna, es meta última de la Iglesia. La relación con Dios no se agota en el amor del prójimo ni se termina con la fidelidad a un encargo. Más allá quedan todavía la celebración de su bondad y el gozo de su presencia, que florecerán en la vida eterna. Dios es descanso y alegría.
El camino del hombre a través de sus miserias, camino doloroso y sangriento, famélico y llagado, lo llevaba a tomar fácil conciencia de su pobreza y de la necesidad de Dios para salir de ella. Respondía a su situación con la mendicidad religiosa. Mientras el hombre vive encorvado, practica la religión; muchos ritos esconden el deseo de tener contenta a la divinidad para que sea favorable en el momento aciago. Y Dios es tan humilde que se deja utilizar, pero es un estadio pedagógico, no final. Su voluntad es que el hombre salga de la mentalidad religiosa, para que, adulto e independiente, viva de fe y amor. Busca ser amado por sí mismo, no por sus dones.
Cuando Dios acepta la relación imperfecta e interesada, lo hace también por amor. Porque amar significa estar dispuesto a hacer lo que conviene al otro en el momento preciso y a dejar de hacerlo cuando se muestra innecesario. Esa es la actitud de Dios con el hombre; responde a su nivel, según su comprensión y necesidad; es la única conducta posible para un amor verdadero.
También Cristo atendió a los que le pedían salud; los curaba por compasión y como signo del reino que se acercaba. Pero llega un momento, en Getsemaní, cuando es Cristo quien pide ayuda a los suyos; desamparado, triste, indefenso, necesitaba compañía. Cristo pidió a Dios una solución a la tragedia, pero el Padre dulcemente rehusó. Si aquella escena tiene algún sentido es que Dios no resuelve los problemas humanos; desea que el hombre asuma su responsabilidad; y Cristo invita a sus discípulos a sufrir con él a manos del mundo impío. Así es el cristiano en la vida: se adentra en su dolor y alegría, en sus éxitos y fracasos, sin pedir soluciones; pero, como Cristo en Getsemaní, poniéndose en manos de Dios, que es su Padre.
Dios pasa su vigor al hombre, para que él encuentre sus soluciones; por tanto, hay que celebrar la humanidad del hombre y la divinidad de Dios. Hay que gozar de que el hombre viva íntegro, responsable y feliz ante su Padre que lo quiere y lo anima. Cuando el hombre toma en sus manos una empresa para el bien de la humanidad, allí está la gracia alentadora de Dios, y el Padre sonríe viendo las proezas del hijo. La humildad de Dios consiste en retirarse, en eclipsar su poder. Cristo vino a liberar; cuanto más libre y poderoso sea el hombre, más éxito tiene la misión de Cristo. Y Dios no es envidioso; al contrario, se precia de su obra.
A los ojos de la religión, Dios era el soberano que graciosamente concedía gracias a súbditos agobiados que imploraban su majestad. Pero en el Nuevo Testamento Dios se muestra débil en todo ante el mundo. Se revela en el hecho histórico de Jesús, con todas sus incertidumbres, que dejaban lugar a dudas y oposiciones. Sus testigos ante el mundo fueron hombres muy vulnerables al ataque. La fe en él está sujeta a todo vaivén e intemperie, hasta apagarse por la miseria o el dolor. Su acción se ejerce en agua, pan y vino. En el Antiguo Testamento aparece con fuego y huracán. En el Nuevo, en cambio, no espera ni consiente que el hombre se arrodille quebrantado para acudir a salvarlo sin esfuerzo; en Cristo se hace un humilde para salvar a los humildes, un perseguido, un condenado. Dios se humilla para salvar al hombre humillado.
La religión invoca al Dios-solución, al Dios llena-huecos, que puede satisfacer sus necesidades. Ejemplo de ella es el voto de Jacob: "Si Dios está conmigo y me guarda en el viaje que estoy haciendo, si me da pan para comer y vestidos para cubrirme, su vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces Yahvé será mi Dios, y esta piedra que he levantado será casa de Dios. Y de todo lo que me des, te daré el diezmo" (Gn 28,20-22).
Pero resulta que con el progreso humano los huecos los va llenando el hombre. La antigua mercancía celeste se vende en la plaza pública; no hay que invocar a lo alto, basta salir a la calle. Dios no era como se lo imaginaban las religiones, ni se conforma con ser instrumento y comodidad para el hombre. Quiere que el hombre sea adulto, que ande solo, que se haga independiente. Dios quiere hijos mayores, no niños inseguros. Para ello le pasa al hombre su potencia, le va transfundiendo su propia sangre, lo hace sentirse fuerte. Solamente así liberado, podrá el hombre entablar con él la relación de amor y amistad, de agradecimiento y confianza. Dios no es instrumento, es fruición; no es déspota, es Padre. La mentalidad religiosa interesada es infantil y precristiana.
Ni siquiera la misión en el mundo, que Dios le asigna, es meta última de la Iglesia. La relación con Dios no se agota en el amor del prójimo ni se termina con la fidelidad a un encargo. Más allá quedan todavía la celebración de su bondad y el gozo de su presencia, que florecerán en la vida eterna. Dios es descanso y alegría.
El camino del hombre a través de sus miserias, camino doloroso y sangriento, famélico y llagado, lo llevaba a tomar fácil conciencia de su pobreza y de la necesidad de Dios para salir de ella. Respondía a su situación con la mendicidad religiosa. Mientras el hombre vive encorvado, practica la religión; muchos ritos esconden el deseo de tener contenta a la divinidad para que sea favorable en el momento aciago. Y Dios es tan humilde que se deja utilizar, pero es un estadio pedagógico, no final. Su voluntad es que el hombre salga de la mentalidad religiosa, para que, adulto e independiente, viva de fe y amor. Busca ser amado por sí mismo, no por sus dones.
Cuando Dios acepta la relación imperfecta e interesada, lo hace también por amor. Porque amar significa estar dispuesto a hacer lo que conviene al otro en el momento preciso y a dejar de hacerlo cuando se muestra innecesario. Esa es la actitud de Dios con el hombre; responde a su nivel, según su comprensión y necesidad; es la única conducta posible para un amor verdadero.
También Cristo atendió a los que le pedían salud; los curaba por compasión y como signo del reino que se acercaba. Pero llega un momento, en Getsemaní, cuando es Cristo quien pide ayuda a los suyos; desamparado, triste, indefenso, necesitaba compañía. Cristo pidió a Dios una solución a la tragedia, pero el Padre dulcemente rehusó. Si aquella escena tiene algún sentido es que Dios no resuelve los problemas humanos; desea que el hombre asuma su responsabilidad; y Cristo invita a sus discípulos a sufrir con él a manos del mundo impío. Así es el cristiano en la vida: se adentra en su dolor y alegría, en sus éxitos y fracasos, sin pedir soluciones; pero, como Cristo en Getsemaní, poniéndose en manos de Dios, que es su Padre.
Dios pasa su vigor al hombre, para que él encuentre sus soluciones; por tanto, hay que celebrar la humanidad del hombre y la divinidad de Dios. Hay que gozar de que el hombre viva íntegro, responsable y feliz ante su Padre que lo quiere y lo anima. Cuando el hombre toma en sus manos una empresa para el bien de la humanidad, allí está la gracia alentadora de Dios, y el Padre sonríe viendo las proezas del hijo. La humildad de Dios consiste en retirarse, en eclipsar su poder. Cristo vino a liberar; cuanto más libre y poderoso sea el hombre, más éxito tiene la misión de Cristo. Y Dios no es envidioso; al contrario, se precia de su obra.
Tarea social
El reino que Dios anuncia y promete se define como la sociedad de los hombres, relacionados entre sí con vínculos de hermandad; a esta tarea están llamados los cristianos a colaborar. Aquí aparece otra diferencia con las "religiones". Estas ofrecen la salvación al individuo y orientan su vida para conseguirla; Cristo, en cambio, empieza otorgando la salvación y llama al hombre a una tarea social. Por su insistencia en la salvación personal, las religiones favorecen el individualismo; el cristianismo, por el contrario, siendo profundamente personal, es radicalmente antiindividualista; el hombre no ha de vivir para sí, sino para los demás; la Iglesia no existe para sí, sino para el mundo. Y esto significa ser fermento de cambio social, dinamismo en la historia humana, impulso hacia la meta del reino.
La salvación que las religiones prometían se realiza para el cristiano en el bautismo; en él empieza la nueva condición humana de salud y vida, de paz, alegría y dinamismo. Esta vida no la guarda para sí, debe comunicarla a los demás; la Iglesia no es un conventículo de iniciados celosos de su privilegio ni un cenáculo de selectos que profundizan su espiritualidad; es un grupo de hombres que trata de crear una isla de salud en un mundo enfermo, un equipo que contribuye, cada uno en su puesto y vocación particular, a que la sociedad sea de verdad humana. Mezclado como la sal, procura dar al mundo un gusto nuevo, de sinceridad y transparencia. Su trabajo es la reconciliación y la paz entre todos los hombres, no sólo entre los que se profesan cristianos. La construcción de una sociedad nueva es su tarea, su ideal y su razón de existir.
De aquí la importancia que para el cristiano asume la historia, instrumento del designio divino. No espera emigrar a otro mundo, sino la nueva creación de este universo; su ciudad futura no está en lo alto, será un don de Dios a esta tierra (Ap 21,2); su expectación no es la etérea inmortalidad de almas, sino la tangible resurrección de cuerpos, es decir, la vida de ser entero, libre para siempre de limitación, miseria y decadencia (1 Cor 15,13-14.16-17). Su ideal es la gran utopía para este mundo, pero esa utopía está prometida y garantizada: Cristo, el pionero de la salvación (Heb 2,10), ya vive en ella y continúa su obra hasta que, vencido el último enemigo, la muerte, Dios reine completamente en todo (1 Cor 15,28).
Las religiones prometían un paraíso tranestelar o una emigración a esferas espirituales, cuando no reducían al hombre al estado de sombra exangüe que merodeaba envidiando a los vivos. Nada de eso enseña Cristo; él ha vencido a la muerte y ha salvado al mundo, humano e incluso físico. El amor del cristiano a este mundo está justificado y su compromiso en la historia es consecuencia necesaria de su fe; ella es "anticipo" de lo que se espera, prueba de realidades que no se ven" (Heb 11,1), del cielo nuevo y la tierra nueva, de la ciudad en que Dios habitará con los hombres (Ap 21).
La salvación que las religiones prometían se realiza para el cristiano en el bautismo; en él empieza la nueva condición humana de salud y vida, de paz, alegría y dinamismo. Esta vida no la guarda para sí, debe comunicarla a los demás; la Iglesia no es un conventículo de iniciados celosos de su privilegio ni un cenáculo de selectos que profundizan su espiritualidad; es un grupo de hombres que trata de crear una isla de salud en un mundo enfermo, un equipo que contribuye, cada uno en su puesto y vocación particular, a que la sociedad sea de verdad humana. Mezclado como la sal, procura dar al mundo un gusto nuevo, de sinceridad y transparencia. Su trabajo es la reconciliación y la paz entre todos los hombres, no sólo entre los que se profesan cristianos. La construcción de una sociedad nueva es su tarea, su ideal y su razón de existir.
De aquí la importancia que para el cristiano asume la historia, instrumento del designio divino. No espera emigrar a otro mundo, sino la nueva creación de este universo; su ciudad futura no está en lo alto, será un don de Dios a esta tierra (Ap 21,2); su expectación no es la etérea inmortalidad de almas, sino la tangible resurrección de cuerpos, es decir, la vida de ser entero, libre para siempre de limitación, miseria y decadencia (1 Cor 15,13-14.16-17). Su ideal es la gran utopía para este mundo, pero esa utopía está prometida y garantizada: Cristo, el pionero de la salvación (Heb 2,10), ya vive en ella y continúa su obra hasta que, vencido el último enemigo, la muerte, Dios reine completamente en todo (1 Cor 15,28).
Las religiones prometían un paraíso tranestelar o una emigración a esferas espirituales, cuando no reducían al hombre al estado de sombra exangüe que merodeaba envidiando a los vivos. Nada de eso enseña Cristo; él ha vencido a la muerte y ha salvado al mundo, humano e incluso físico. El amor del cristiano a este mundo está justificado y su compromiso en la historia es consecuencia necesaria de su fe; ella es "anticipo" de lo que se espera, prueba de realidades que no se ven" (Heb 11,1), del cielo nuevo y la tierra nueva, de la ciudad en que Dios habitará con los hombres (Ap 21).
domingo, 20 de junio de 2010
Exclusivismo religioso.
El cristianismo, al revés que la "religión", no es exclusivista. Cree que Dios ama al mundo entero, no sólo a los que se profesan cristianos; sabe que el objeto de la salvación es la humanidad, creyente o no, y que Dios si Dios llama a algunos a la fe es para colaborar en la salud de todos los hombres.
El círculo exclusivo es la antítesis del cristianismo. Las religiones sostenían que la salvación sólo podía alcanzarse sometiéndose a ciertas prácticas rituales y confesiones orales. La humanidad, si quería salvarse, había de pasar bajo las horcas caudinas de la pertenencia a un credo. Lo que Dios pide, en cambio, es un modo de vida humano, y ése es el camino de la salvación. No insistimos en el papel y la necesidad de la Iglesia, expuestos hace un momento.
Por eso, la imposición de observancias es ajena al cristianismo. Como todo grupo humano que desea expresar sus convicciones y animarse en su tarea, compone y mantiene celebraciones. Este será el objeto del capítulo siguiente. Pero no se considera sujeto a obligaciones. La expresión, que nace de la convicción, del amor y del entusiasmo, de la alegría y el dolor compartidos, no vive de reglas ni admite imposiciones.
La reglamentación y obligatoriedad de las observancias religiosas acaban por erigir barreras culturales o sociales. Tal fue el resultado de la Ley judía, y por eso tuvo Cristo que abatir con su cruz el muro divisorio, aboliendo en su carne la Ley con sus preceptos y reglas (Ef 2,14-15). Llevan a exclusivismos, separando a los hombres. Procuran evasiones, considerando importante lo secundario; ¡qué ridículas aparecen las minucias fariseas al lado del problema de vida o muerte en que se debatía Cristo o al lado de los problemas del hambre y la guerra en el mundo! Se eleva la observancia a criterio de bondad o maldad del individuo. Cristo terminó con eso: lo único que mancha al hombre es la actitud perversa hacia su semejante (Mc 7,15-21).
El círculo exclusivo es la antítesis del cristianismo. Las religiones sostenían que la salvación sólo podía alcanzarse sometiéndose a ciertas prácticas rituales y confesiones orales. La humanidad, si quería salvarse, había de pasar bajo las horcas caudinas de la pertenencia a un credo. Lo que Dios pide, en cambio, es un modo de vida humano, y ése es el camino de la salvación. No insistimos en el papel y la necesidad de la Iglesia, expuestos hace un momento.
Por eso, la imposición de observancias es ajena al cristianismo. Como todo grupo humano que desea expresar sus convicciones y animarse en su tarea, compone y mantiene celebraciones. Este será el objeto del capítulo siguiente. Pero no se considera sujeto a obligaciones. La expresión, que nace de la convicción, del amor y del entusiasmo, de la alegría y el dolor compartidos, no vive de reglas ni admite imposiciones.
La reglamentación y obligatoriedad de las observancias religiosas acaban por erigir barreras culturales o sociales. Tal fue el resultado de la Ley judía, y por eso tuvo Cristo que abatir con su cruz el muro divisorio, aboliendo en su carne la Ley con sus preceptos y reglas (Ef 2,14-15). Llevan a exclusivismos, separando a los hombres. Procuran evasiones, considerando importante lo secundario; ¡qué ridículas aparecen las minucias fariseas al lado del problema de vida o muerte en que se debatía Cristo o al lado de los problemas del hambre y la guerra en el mundo! Se eleva la observancia a criterio de bondad o maldad del individuo. Cristo terminó con eso: lo único que mancha al hombre es la actitud perversa hacia su semejante (Mc 7,15-21).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)