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lunes, 1 de marzo de 2010

Cap II. La Carta a los Hebreos.

El autor de la Carta a los Hebreos se enfrenta con el problema y busca una solución sin ceder a compromisos. El escrito entero es una aplicación concreta del dicho de Cristo: “No he venido a derogar, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17).

La institución sacerdotal y el ritual del culto había ocupado durante siglos un puesto central en la espiritualidad de Israel. ¿Qué relación tenía todo eso con Cristo? ¿En qué habían parado el sacerdocio y el culto?

Se requería una mente poderosa, un conocimiento profundo de las antiguas instituciones y una penetración más que ordinaria del misterio de Cristo para no cejar ante tan arduo problema teológico. Gracias al desconocido personaje que compuso la carta, poseemos una síntesis que ilumina no solamente el significado del sacerdocio judío, cuestión históricamente superada, sino la aspiración de todas las religiones por encontrar un mediador en su relación con Dios.

domingo, 7 de febrero de 2010

CAP II..1 LA CARTA A LOS HEBREOS.

Cap II.1
La Carta a los Hebreos.

La Carta a los Hebreos, recapitula los dos aspectos del culto y sacrificio cristiano, incluyendo en el mismo pasaje la fe y el amor mutuo: “Por medio de Cristo ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el tributo de labios que bendicen su nombre; y no os olvidéis de la solidaridad y de hacer el bien, que tales sacrificios son lo que agradan a Dios” (13,15-16).

La primera parte recuerda los pasajes antes citados de la Primera carta de Pedro (2,4-5.9); además del sacrificio que los fieles ofrecen por medio de Cristo, “la confesión del nombre” de Dios corresponde a la publicación de sus proezas, que se hace con alabanza y acción de gracias. Se trata, por tanto, de la fe, públicamente profesada, como sacrificio del cristiano.

También el amor mutuo entra en la categoría de sacrificio; “hacer el bien” abarca toda actividad a favor de otros. Una expresión equivalente caracteriza a Cristo en el discurso dirigido por Pedro a Cornelio y a su familia: “Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

El “compartir entre todos”, es decir, subvenir con los propios recursos a la necesidad ajena, ha sido ejemplificado en los pasajes citados en el párrafo anterior a propósito de la ayuda económica a san Pablo y a la comunidad de Jerusalén.