Cristo concentra en sí a la humanidad entera. Lo que sucede en él es modelo de lo que debe suceder en todo hombre. Es el el paradigma de la raza humana, el primero de muchos hermanos, su precursor (Heb 6,20) y su pionero (2,10). Jesucristo es el Hijo único, para que todos los hombres sean hijos de Dios; el único sacerdote, para que todos sean sacerdotes de Dios, es uno con el Padre, para que todos sean uno; recibe el Espíritu, para derramarlo sobre toda criatura; es Señor, para que todos reinen; murió y resucitó, para que todos los que mueren resuciten con él.
El sacerdocio de Cristo es causa y origen del sacerdocio de todos; a los que él consagra, comunica la perfección fundamental de la fidelidad a Dios que es el sacerdocio (Heb 10,14). Como el suyo, es el sacerdocio de la vida, entregada a los hombres por fidelidad a Dios; su lugar sagrado es el mundo; su tiempo sagrado, la historia, iluminada por la esperanza; su ofrenda y su sacerdote, el hombre, dedicado a Dios y al prójimo. La consagración se recibe en el bautismo, que incorpora a Cristo, a su muerte y a su vida. El ejercicio es la vida entera: alegría y dolor, fiesta y tarea.
Como Cristo, el cristiano es sacerdote en favor del mundo, y su misión es consagrarlo como él mismo fue consagrado por Cristo (Heb 2,11; 10,10.14.29). Con su ejemplo y su palabra debe, por tanto, ayudar a los hombres a vivir en la verdad (Jn 17,17), en la autenticidad, sacándolos de las ambiciones y rivalidades del mundo. El óleo de consagración será el amor de Dios a los hombres, que él muestra con sus obras, y las grandezas de Dios que anuncia. Así irá rescatando el mundo.
Debe tener presente que el sacerdocio recibido en el bautismo será efectivo mientras dure su propia consagración en la verdad, mientras no pertenezca al mundo (Jn 17,16). Si volviera a admitir en sí la insinceridad y la ambición, quedaría profanado.
Juan Mateos. Más allá del Cristianismo Convencional. ¿Qué es eso de ser cristiano? Para Mateos - y también para Pablo -, la vida cristiana es, ante todo, algo "profético" testimonio de la unidad y felicidad propia del Reino, tarea de reconciliación entre los hombres y denuncia de la maldad que la impide.
JUAN MATEOS.
CRISTIANOS EN FIESTA EN PDF.
ÍNDICE DE CRISTIANOS EN FIESTA.
sábado, 3 de abril de 2010
Cap II. FRUTO DEL SACRIFICIO.
La transformación de Cristo-hombre lo lleva a la perfección suma, al desarrollo total (Heb 2,10; 5,9), que inaugura la nueva relación con Dios. Su consagración sacerdotal consiste precisamente en el culmen de perfección alcanzado; éste le da entrada a la presencia de Dios y Dios lo proclama sumo sacerdote en la linea de Melquisedec (5,10).
El doble significado del término griego teléiosis; perfección y consagración sacerdotal, indica la esencia del verdadero sacerdocio: vivir unido a Dios en la nueva condición de obediencia. El sacerdocio de Cristo es así definitivo, pues consiste en la nueva relación con Dios consecuente al cambio de su naturaleza humana. Dios lo constituye en causa de salvación para los hombres que le obedecen a él (Heb 5,9), siguiendo su ejemplo de obediencia al Padre. Por ser el sacerdote definitivo (7,24-25), la salvación que procura es definitiva, eterna (5,9). Todos los ritos o conatos de reconciliación con Dios han caducado, la reconciliación está hecha para siempre; la sangre de Cristo, que se ofreció a Dios sin mancha por medio del Espíritu eterno, nos purifica de las obras de muerte para que sirvamos al Dios vivo (9,14). El nuevo sacerdote puede salvar definitivamente a los que por su medio se acercan a Dios, pues vive siempre para interceder por los hombres (Heb 7,24-25; Rom 8,34).
Toda la vida de Jesús en la tierra fue una preparación a su sacerdocio. Antes de su consagración compartía nuestra debilidad y miseria (Heb 2,14; 4,15; 5,7-8); a partir de ella, posee la estabilidad, la gloria y la fuerza.
El doble significado del término griego teléiosis; perfección y consagración sacerdotal, indica la esencia del verdadero sacerdocio: vivir unido a Dios en la nueva condición de obediencia. El sacerdocio de Cristo es así definitivo, pues consiste en la nueva relación con Dios consecuente al cambio de su naturaleza humana. Dios lo constituye en causa de salvación para los hombres que le obedecen a él (Heb 5,9), siguiendo su ejemplo de obediencia al Padre. Por ser el sacerdote definitivo (7,24-25), la salvación que procura es definitiva, eterna (5,9). Todos los ritos o conatos de reconciliación con Dios han caducado, la reconciliación está hecha para siempre; la sangre de Cristo, que se ofreció a Dios sin mancha por medio del Espíritu eterno, nos purifica de las obras de muerte para que sirvamos al Dios vivo (9,14). El nuevo sacerdote puede salvar definitivamente a los que por su medio se acercan a Dios, pues vive siempre para interceder por los hombres (Heb 7,24-25; Rom 8,34).
Toda la vida de Jesús en la tierra fue una preparación a su sacerdocio. Antes de su consagración compartía nuestra debilidad y miseria (Heb 2,14; 4,15; 5,7-8); a partir de ella, posee la estabilidad, la gloria y la fuerza.
Cap.II. LA TRANSFORMACIÓN DE CRISTO.
En el pasaje que comentamos hay una frase, banal a primera vista, pero que, examinada más a fondo, da la clave de la redención del hombre en Cristo Jesús. Dice la carta: "Sufriendo aprendió a obedecer" (5,8). Ahora bien, cuando en el lenguaje común se afirma que el hombre aprende con el dolor, se significa que los efectos de la madurez adquirida influyen en la conducta subsiguiente. ¿Cabía afirmar tal cosa de Cristo, que iba a morir a las pocas horas?
El autor pesa cuidadosamente sus palabras. Pocos versos más arriba había calificado a la humanidad de "ignorante y descarriada" (5,2), y ésa fue la naturaleza humana que Cristo compartió. Con el sufrimiento aprende Cristo, curando la ignorancia; y lo que aprende es obedencia, remediando el extravío. No se trata de un aprender para la vida futura, sino de embeber hasta la médula la calidad de hijo fiel al Padre; la naturaleza humana, deformada por la rebeldía y arrogancia contra Dios, hecha de hija enemiga, se transforma en Cristo llegando a la obedicencia y fidelidad total; surge el hombre nuevo, "la nueva condición humana creada a imagen de Dios" (Ef 4,24), el hijo perfecto (Heb 7,28) en completa armonía con Dios su Padre. La identificación de Cristo con la voluntad del Padre, hasta morir por ser fiel a su misión, arranca del ser del hombre la raíz misma de la desobediencia y cura la enfermedad de la raza humana.
Por eso Cristo es el nuevo Adán, el primero de la nueva estirpe en que se descubren los rasgos de Dios: "La desobediencia de un solo hombre constituyó pecadores a todos; la obediencia de uno solo constituirá justos a todos" (Rom 5,19).
El autor pesa cuidadosamente sus palabras. Pocos versos más arriba había calificado a la humanidad de "ignorante y descarriada" (5,2), y ésa fue la naturaleza humana que Cristo compartió. Con el sufrimiento aprende Cristo, curando la ignorancia; y lo que aprende es obedencia, remediando el extravío. No se trata de un aprender para la vida futura, sino de embeber hasta la médula la calidad de hijo fiel al Padre; la naturaleza humana, deformada por la rebeldía y arrogancia contra Dios, hecha de hija enemiga, se transforma en Cristo llegando a la obedicencia y fidelidad total; surge el hombre nuevo, "la nueva condición humana creada a imagen de Dios" (Ef 4,24), el hijo perfecto (Heb 7,28) en completa armonía con Dios su Padre. La identificación de Cristo con la voluntad del Padre, hasta morir por ser fiel a su misión, arranca del ser del hombre la raíz misma de la desobediencia y cura la enfermedad de la raza humana.
Por eso Cristo es el nuevo Adán, el primero de la nueva estirpe en que se descubren los rasgos de Dios: "La desobediencia de un solo hombre constituyó pecadores a todos; la obediencia de uno solo constituirá justos a todos" (Rom 5,19).
lunes, 8 de marzo de 2010
Cap II. EL SACRIFICIO DE CRISTO.
El sumo sacerdote judío, hombre como los demás, elegido de entre ellos y designado para ser su representante ante Dios, tenía por misión ofrecer sacrificios por los pecados. Siendo él mismo débil, podá ser paciente con los ignorantes y extraviados, pero tenía que ofrecer sacrificios por sus propios pecados (Heb 5,1-3). Ya hemos apuntado que estos sacrificios rituales no tenían verdadera eficacia; su misma repetición indicaba que no lograban dar al hombre la seguridad de una conciencia limpia.
El sacrificio de Cristo no podía ser de este género. Las víctimas y los ritos de las religiones antiguas eran siempre exteriores al hombre; al no poder representarlo de verdad, no lo comprometían más que parcialmente. Eran símbolos imperfectos de la entrega interior a Dios. El verdadero sacrificio, el que purifica al hombre y hace agradable a Dios es la misma entrega total y sin condiciones. En esto consiste el sacrificio de Cristo.
Es fácil, sin embargo, hacerse ilusiones sobre esa entrega. Sólo en situaciones límite se comprende la dureza de la exigencia. Cristo se encontraba en la típica situación-límite: la muerte, fracaso existencial supremo, lo amenazaba; muerte prematura, judicial, ignominiosa; no la muerte del héroe ni la del filósofo, sino la del malhechor.
Pero Cristo no huye, se refugia en Dios. Le ofrece su angustia, sin hipocresía, pidiendo que se aleje la prueba (Mc 14,36 y parals.). Recurre, lleno de confianza, "al que podía salvarlo de la muerte" (Heb 5,7), y Dios lo escucha. El ofrecimiento es sacrificio, la escucha es aceptación.
Cristo, en medio de su angustia suma y tristeza profunda (Heb 5,7), asume su situación trágica en una oración confiada y sumisa: "No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú" (Mc 14,36).
Pero, ¿en qué sentido puede decirse que Dios lo oye, si Cristo pedía ser liberado de la muerte? Para entender esto hay que considerar la dinámica de la oración. Al verdadero creyente le importa siempre más la relación con Dios que la obtención de una gracia determinada. Su entrega a Dios no es mercenaria, sino filial; cuanto más profunda sea su fe, más total será su confianza en el amor que Dios le tiene. Propondrá su petición convencido de que Dios lo escucha, pero no plenamente seguro de que lo pedido es lo mejor para él, al menos en la manera como desea que se verifique. Lejos de poner condiciones a su relación con Dios, entrará en dálogo con él; al ir despertando su confianza, la petición inicial se irá subordinando a la vountad de Dios y tomando forma según ella, hasta llegar a identificarse con el designio del que desea sólo nuestro bien.
La angustia y la urgencia de la petición pueden ser tales, que la oración tome el aspecto de una lucha. Estas son las crisis decisivas de la existencia. Cristo se ofrece a sí mismo (Heb 7,27; 9,14), y en el momento de la crisis suprema, cuando está en juego su propia vida, se adhiere sin reservas a la intención de Dios, que él asimila como propia. Dios lo escucha, haciendo que "con su muerte redujera a la impotencia al que tenía dominio sobre la muerte" (Heb 2,14).
El sacrificio consiste, por tanto, en aceptar la propia existencia, con su dolor y su tragedia, y ofrecerla a Dios en el diálogo. Tal es la consagración sacerdotal de Cristo, radicalmente distinta de la consagración ritual del Antiguo Testamento. El sacerdocio de Cristo no se recibe ni se ejercita con ritos: han terminado las víctimas de animales y las ofrendas de flor de harina, el nuevo y definitivo sacrificio consiste en ser lo que Dios quiere..., holocaustos y víctimas expiatorias no te agradan; entonces dije: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad, Dios mío" (Heb 10,5-7).
El sacrificio es fidelidad en las llanuras y en los desfiladeros, ojo avizor que espía las señales de Dios, a veces lucha y dolor deseando su victoria por encima del querer humano.
Las expresiones que la Carta a los Hebreos aplica a Cristo: "...oraciones y súplicas... a gritos y con lágrimas" (5,7), son una alusión global a la pasión entera; el autor la presenta como una intensa oración, que la convierte en sacrificio. Cristo acepta como suya la voluntad del Padre y se ofrece en sacrificio personal y libre. Dios lo escucha, dándole una vida gloriosa y confiriéndole el título que supera todo título, "el Señor" (Flp 2,11).
No fue el suplicio material de la cruz el que redimió al mundo; muchos hombres han muerto crucificado. La cruz fue la expresión suprema de la libertad y del amor al Padre y a los hombres. Su muerte sucedió una vez (Heb 7,27; 9,12 10,10); en cambio, el amor de Cristo, que llegado entonces a su plenitud fue su sacrificio y su acto sacerdotal, permanece para siempre (Heb 7,24); todo otro sacrificio, si no está unido al suyo, es inútil. Los conatos de todas las religiones por alcanzar a Dios se han cumplido en Cristo.
La muerte de Cristo es un sacrificio de solidaridad; mostró a los hombres la inmensidad del amor que Dios les tiene y salvó el género humano. Él, hombre como nosotros en todo, excepto en el pecado, cambió en sí mismo la naturaleza humana.
El sacrificio de Cristo no podía ser de este género. Las víctimas y los ritos de las religiones antiguas eran siempre exteriores al hombre; al no poder representarlo de verdad, no lo comprometían más que parcialmente. Eran símbolos imperfectos de la entrega interior a Dios. El verdadero sacrificio, el que purifica al hombre y hace agradable a Dios es la misma entrega total y sin condiciones. En esto consiste el sacrificio de Cristo.
Es fácil, sin embargo, hacerse ilusiones sobre esa entrega. Sólo en situaciones límite se comprende la dureza de la exigencia. Cristo se encontraba en la típica situación-límite: la muerte, fracaso existencial supremo, lo amenazaba; muerte prematura, judicial, ignominiosa; no la muerte del héroe ni la del filósofo, sino la del malhechor.
Pero Cristo no huye, se refugia en Dios. Le ofrece su angustia, sin hipocresía, pidiendo que se aleje la prueba (Mc 14,36 y parals.). Recurre, lleno de confianza, "al que podía salvarlo de la muerte" (Heb 5,7), y Dios lo escucha. El ofrecimiento es sacrificio, la escucha es aceptación.
Cristo, en medio de su angustia suma y tristeza profunda (Heb 5,7), asume su situación trágica en una oración confiada y sumisa: "No se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú" (Mc 14,36).
Pero, ¿en qué sentido puede decirse que Dios lo oye, si Cristo pedía ser liberado de la muerte? Para entender esto hay que considerar la dinámica de la oración. Al verdadero creyente le importa siempre más la relación con Dios que la obtención de una gracia determinada. Su entrega a Dios no es mercenaria, sino filial; cuanto más profunda sea su fe, más total será su confianza en el amor que Dios le tiene. Propondrá su petición convencido de que Dios lo escucha, pero no plenamente seguro de que lo pedido es lo mejor para él, al menos en la manera como desea que se verifique. Lejos de poner condiciones a su relación con Dios, entrará en dálogo con él; al ir despertando su confianza, la petición inicial se irá subordinando a la vountad de Dios y tomando forma según ella, hasta llegar a identificarse con el designio del que desea sólo nuestro bien.
La angustia y la urgencia de la petición pueden ser tales, que la oración tome el aspecto de una lucha. Estas son las crisis decisivas de la existencia. Cristo se ofrece a sí mismo (Heb 7,27; 9,14), y en el momento de la crisis suprema, cuando está en juego su propia vida, se adhiere sin reservas a la intención de Dios, que él asimila como propia. Dios lo escucha, haciendo que "con su muerte redujera a la impotencia al que tenía dominio sobre la muerte" (Heb 2,14).
El sacrificio consiste, por tanto, en aceptar la propia existencia, con su dolor y su tragedia, y ofrecerla a Dios en el diálogo. Tal es la consagración sacerdotal de Cristo, radicalmente distinta de la consagración ritual del Antiguo Testamento. El sacerdocio de Cristo no se recibe ni se ejercita con ritos: han terminado las víctimas de animales y las ofrendas de flor de harina, el nuevo y definitivo sacrificio consiste en ser lo que Dios quiere..., holocaustos y víctimas expiatorias no te agradan; entonces dije: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad, Dios mío" (Heb 10,5-7).
El sacrificio es fidelidad en las llanuras y en los desfiladeros, ojo avizor que espía las señales de Dios, a veces lucha y dolor deseando su victoria por encima del querer humano.
Las expresiones que la Carta a los Hebreos aplica a Cristo: "...oraciones y súplicas... a gritos y con lágrimas" (5,7), son una alusión global a la pasión entera; el autor la presenta como una intensa oración, que la convierte en sacrificio. Cristo acepta como suya la voluntad del Padre y se ofrece en sacrificio personal y libre. Dios lo escucha, dándole una vida gloriosa y confiriéndole el título que supera todo título, "el Señor" (Flp 2,11).
No fue el suplicio material de la cruz el que redimió al mundo; muchos hombres han muerto crucificado. La cruz fue la expresión suprema de la libertad y del amor al Padre y a los hombres. Su muerte sucedió una vez (Heb 7,27; 9,12 10,10); en cambio, el amor de Cristo, que llegado entonces a su plenitud fue su sacrificio y su acto sacerdotal, permanece para siempre (Heb 7,24); todo otro sacrificio, si no está unido al suyo, es inútil. Los conatos de todas las religiones por alcanzar a Dios se han cumplido en Cristo.
La muerte de Cristo es un sacrificio de solidaridad; mostró a los hombres la inmensidad del amor que Dios les tiene y salvó el género humano. Él, hombre como nosotros en todo, excepto en el pecado, cambió en sí mismo la naturaleza humana.
domingo, 7 de marzo de 2010
Cap II. SACERDOCIO Y SOLIDARIDAD.
Cristo, el nuevo sacerdote, derriba las barreras de la separación. Primero, la del linaje. Cristo no nace de la tribu de Leví, no es descendiente de Aarón. Aboliendo la exclusividad, abre el sacerdocio a todo hombre, por encima de las fronteras étnicas.
Por eso la Carta a los Hebreos insiste sobre su comunidad de origen con los demás hombres: "el que consagra (sacerdote) y los consagrados son del mismo linaje" (2,10), "los hijos (de una familia) tienen en común la misma carne y sangre, por eso él también particípó de la nuestra" (2,14), "no rehúye llamar hermanos a los hombres" (2,12).
Desaparece la consagración ritual. Cristo no necesita ritos para llegar a su sacerdocio. Como afirma la Carta a los Hebreos, los ritos eran ineficaces: "Pues, poseyendo la Ley sólo una sombra de los bienes definitivos y no la imagen misma de lo real, con los sacrificios, siempre los mismos, que ofrecen indefectiblemente año tras año, nunca puede transformar a los que se acercan. ¿O es que no dejarían de ofrecerse si los que practican el culto quedasen purificados de una vez y perdiesen toda conciencia de pecado? Por el contrario, en esos sacrificios se recuerdan los pecados año tras año. Es que es imposible que sangre de toros y cabras quite los pecados" (10,1-4). "Los sacerdotes están todos de pie cada día celebrando el culto, ofreciendo una y otra vez los mismos sacrificios, que son totalmente incapaces de quitar los pecados" (10,11).
En fin de cuentas, los antiguos ritos eran ineficaces. Por eso la consagración de Cristo no fue ritual, sino existencial: consistió en la perfección a la que llegó su humanidad como resultado de su fidelidad total a la voluntad del Padre y de la aceptación de su muerte para cumplir el encargo de Dios (5,7-11). El término "perfección" (teléiosis) se usa en el Antiguo Testamento griego para designar la consagración sacerdotal de Aarón, y significa madurez total, realización plena. Esa transformación de su ser constituyó la consagración sacerdotal de Cristo.
En Cristo, finalmente, la fidelidad a Dios no exige nunca romper con los hombres. Al contrario, la esencia de su sacerdocio es la misericordia, la comprensión para las debilidades ajenas. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos: "Pues por haber pasado él la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora la están pasando" (Heb 2,17-18). Aparte el pecado, fue probado en todo, como nosotros; puede así compadecerse de nuestras debilidades: "Acerquémonos, por tanto, confiadamente al tribunal de la gracia, para alcanzar misericordia y obtener la gracia de un auxilio oportuno" (Heb 4,15-16).
Este es el Jesús que presentan los evangelios, el que se sentaba a la mesa con ladrones y descreídos (Mt 9,10-13), el que nunca reprochaba a los pecadores a menos que pretendieran, como los fariseos, canonizar sus vicios.
Por eso la Carta a los Hebreos insiste sobre su comunidad de origen con los demás hombres: "el que consagra (sacerdote) y los consagrados son del mismo linaje" (2,10), "los hijos (de una familia) tienen en común la misma carne y sangre, por eso él también particípó de la nuestra" (2,14), "no rehúye llamar hermanos a los hombres" (2,12).
Desaparece la consagración ritual. Cristo no necesita ritos para llegar a su sacerdocio. Como afirma la Carta a los Hebreos, los ritos eran ineficaces: "Pues, poseyendo la Ley sólo una sombra de los bienes definitivos y no la imagen misma de lo real, con los sacrificios, siempre los mismos, que ofrecen indefectiblemente año tras año, nunca puede transformar a los que se acercan. ¿O es que no dejarían de ofrecerse si los que practican el culto quedasen purificados de una vez y perdiesen toda conciencia de pecado? Por el contrario, en esos sacrificios se recuerdan los pecados año tras año. Es que es imposible que sangre de toros y cabras quite los pecados" (10,1-4). "Los sacerdotes están todos de pie cada día celebrando el culto, ofreciendo una y otra vez los mismos sacrificios, que son totalmente incapaces de quitar los pecados" (10,11).
En fin de cuentas, los antiguos ritos eran ineficaces. Por eso la consagración de Cristo no fue ritual, sino existencial: consistió en la perfección a la que llegó su humanidad como resultado de su fidelidad total a la voluntad del Padre y de la aceptación de su muerte para cumplir el encargo de Dios (5,7-11). El término "perfección" (teléiosis) se usa en el Antiguo Testamento griego para designar la consagración sacerdotal de Aarón, y significa madurez total, realización plena. Esa transformación de su ser constituyó la consagración sacerdotal de Cristo.
En Cristo, finalmente, la fidelidad a Dios no exige nunca romper con los hombres. Al contrario, la esencia de su sacerdocio es la misericordia, la comprensión para las debilidades ajenas. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos: "Pues por haber pasado él la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora la están pasando" (Heb 2,17-18). Aparte el pecado, fue probado en todo, como nosotros; puede así compadecerse de nuestras debilidades: "Acerquémonos, por tanto, confiadamente al tribunal de la gracia, para alcanzar misericordia y obtener la gracia de un auxilio oportuno" (Heb 4,15-16).
Este es el Jesús que presentan los evangelios, el que se sentaba a la mesa con ladrones y descreídos (Mt 9,10-13), el que nunca reprochaba a los pecadores a menos que pretendieran, como los fariseos, canonizar sus vicios.
Cap II. SACERDOCIO Y SEGREGACIÓN.
La Carta a los Hebreos, por su parte, afirma netamente el sacerdocio de Cristo. Veremos poco a poco el sentido que da el autor a su aserto.
El primer hecho que contrasta con la concepción común del sacerdocio en la historia de las religiones es que Cristo no se muestra como un segregado, que por el hecho de su sacerdocio no se erige en casta aparte ni la funda entre sus seguidores.
El sacerdote judío pertenecía a una casta social bien determinada. La separación se basaba en el linaje. Pertenecían al clero los miembros de la tribu de Leví; sacerdotes eran los descendientes de Aarón por la estirpe de Sadoc (Éx 29,29-30).
La separación entre pueblo y clero quedaba establecida por el acto de la consagración. En Éx 28 se describe con todo detalle el vestido del gran sacerdote: pectoral, efod, manto, túnica bordada, turbante y cinturón, todo de materiales preciosos y elaborado por los más hábiles artesanos. El capítulo 29 está dedicado a describir el rito consecratorio de Aarón y sus hijos: había que preparar un ternero y dos casrneros, panes sin levadura, tortas de aceite y galletas de flor de harina. Se prescriben baño y vestición ritual y se dan rúbricas para el sacrificio de los animales y del resto de las ofrendas. Con este ceremonial, cuya realización se describe en Lv 8 y 9, el sacerdote quedaba constituido en persona pública y sacra, consagrada a Yahvé.
En el cumplimiento de su misión, el sacerdote israelita estaba de la parte de Dios; aunque era mediador, le competía más ocuparse del culto y defender los derechos de un Dios que compadecerse del pueblo extraviado. Algunos pasajes del Antiguo Testamento chocan por la crueldad a que llegaron los sacerdotes aarónicos en nombre de Yahvé. Moisés los arengó a castigar al pueblo que había adorado al becerro de oro, "pasando y repasando el campamento de puerta a puerta, matando aunque sea al hermano, al compañero, al pariente, al vecino". Cayeron unos tres mil hombres, y efsta matanza les valió la consagración y la bendición divina (Éx 32,26-29).
En Nm 25 se describe otro acto de idolatría y sus consecuencias. Se hace especial mención de Fineés, que atravesó con una lanza a un israelita y a una prostituta cananea: esto le valió ser proclamado sumo sacerdote (Eclo 45,23-26).
El sacerdote del Antiguo Testamento era, pues, miembro de una casta, separada del resto de la comunidad por tres divisorias: la sangre o pertenencia a un linaje especial; la consagración, conferida con ritos peculiares, y la misión, más preocupada de salvaguardar los derechos de Dios que de procurar la salvación del hombre.
El primer hecho que contrasta con la concepción común del sacerdocio en la historia de las religiones es que Cristo no se muestra como un segregado, que por el hecho de su sacerdocio no se erige en casta aparte ni la funda entre sus seguidores.
El sacerdote judío pertenecía a una casta social bien determinada. La separación se basaba en el linaje. Pertenecían al clero los miembros de la tribu de Leví; sacerdotes eran los descendientes de Aarón por la estirpe de Sadoc (Éx 29,29-30).
La separación entre pueblo y clero quedaba establecida por el acto de la consagración. En Éx 28 se describe con todo detalle el vestido del gran sacerdote: pectoral, efod, manto, túnica bordada, turbante y cinturón, todo de materiales preciosos y elaborado por los más hábiles artesanos. El capítulo 29 está dedicado a describir el rito consecratorio de Aarón y sus hijos: había que preparar un ternero y dos casrneros, panes sin levadura, tortas de aceite y galletas de flor de harina. Se prescriben baño y vestición ritual y se dan rúbricas para el sacrificio de los animales y del resto de las ofrendas. Con este ceremonial, cuya realización se describe en Lv 8 y 9, el sacerdote quedaba constituido en persona pública y sacra, consagrada a Yahvé.
En el cumplimiento de su misión, el sacerdote israelita estaba de la parte de Dios; aunque era mediador, le competía más ocuparse del culto y defender los derechos de un Dios que compadecerse del pueblo extraviado. Algunos pasajes del Antiguo Testamento chocan por la crueldad a que llegaron los sacerdotes aarónicos en nombre de Yahvé. Moisés los arengó a castigar al pueblo que había adorado al becerro de oro, "pasando y repasando el campamento de puerta a puerta, matando aunque sea al hermano, al compañero, al pariente, al vecino". Cayeron unos tres mil hombres, y efsta matanza les valió la consagración y la bendición divina (Éx 32,26-29).
En Nm 25 se describe otro acto de idolatría y sus consecuencias. Se hace especial mención de Fineés, que atravesó con una lanza a un israelita y a una prostituta cananea: esto le valió ser proclamado sumo sacerdote (Eclo 45,23-26).
El sacerdote del Antiguo Testamento era, pues, miembro de una casta, separada del resto de la comunidad por tres divisorias: la sangre o pertenencia a un linaje especial; la consagración, conferida con ritos peculiares, y la misión, más preocupada de salvaguardar los derechos de Dios que de procurar la salvación del hombre.
miércoles, 3 de marzo de 2010
Cap II, Vocabulario cultual aplicada a Cristo.
La penetración teológica de san Pablo, sin embargo, no podía dejar de vislumbrar alguna conexión entre la muerte de Cristo y la antigua institución cultual. Sin llamar “sacerdote” a Cristo, usa categorías cultuales del Antiguo Testamento para exponer su doctrina cristológica.
El cordero pascual, escogido sin mancha para simbolizar la pureza de la víctima, sirve de término de comparación para Cristo, incluyendo el aspecto sacrificial: “Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado” (1 Cor 5,7). La imagen del cordero se divulgó tanto que se emplea en 1 Pedro 1,19, se hace central en el Apocalipsis y el evangelista Juan llega a ponerla en boca del Bautista ya en los primeros albores de la vida pública de Jesús, aunque quizá más en referencia al Siervo de Yahvé (Is 53,7) que al cordero pascual.
Para san Pablo, la sangre de Cristo obtiene el perdón de los pecados, y así el “propiciatorio” o cubierta del arca del Antiguo Testamento, donde el sumo sacerdote derramaba la sangre de la víctima para obtener el perdón del pueblo (Lv 16), pasa a ser símbolo de Cristo en la cruz (Rom 3,23). En Ef 5,2 se compara la entrega de Cristo a la víctima de olor agradable que se ofrecía a Dios en la antigua alianza.
En el capítulo 17 del Evangelio de Juan pronuncia Cristo la llamada “oración sacerdotal”; aunque el término no aparece en el texto, al orar por la consagración de los suyos, el Señor actúa como sacerdote, aunque no ritualmente, conforme a la índole de su sacerdocio, que veremos más adelante.
También san Lucas atribuye a Cristo un gesto de sabor sacerdotal. En el relato de la ascensión, Cristo resucitado bendice a sus discípulos; comparación implícita con el sumo sacerdote judío que, después del sacrificio, alzaba las manos para bendecir al pueblo (Lv 9,22; Ecloo 50,20).
El cordero pascual, escogido sin mancha para simbolizar la pureza de la víctima, sirve de término de comparación para Cristo, incluyendo el aspecto sacrificial: “Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado” (1 Cor 5,7). La imagen del cordero se divulgó tanto que se emplea en 1 Pedro 1,19, se hace central en el Apocalipsis y el evangelista Juan llega a ponerla en boca del Bautista ya en los primeros albores de la vida pública de Jesús, aunque quizá más en referencia al Siervo de Yahvé (Is 53,7) que al cordero pascual.
Para san Pablo, la sangre de Cristo obtiene el perdón de los pecados, y así el “propiciatorio” o cubierta del arca del Antiguo Testamento, donde el sumo sacerdote derramaba la sangre de la víctima para obtener el perdón del pueblo (Lv 16), pasa a ser símbolo de Cristo en la cruz (Rom 3,23). En Ef 5,2 se compara la entrega de Cristo a la víctima de olor agradable que se ofrecía a Dios en la antigua alianza.
En el capítulo 17 del Evangelio de Juan pronuncia Cristo la llamada “oración sacerdotal”; aunque el término no aparece en el texto, al orar por la consagración de los suyos, el Señor actúa como sacerdote, aunque no ritualmente, conforme a la índole de su sacerdocio, que veremos más adelante.
También san Lucas atribuye a Cristo un gesto de sabor sacerdotal. En el relato de la ascensión, Cristo resucitado bendice a sus discípulos; comparación implícita con el sumo sacerdote judío que, después del sacrificio, alzaba las manos para bendecir al pueblo (Lv 9,22; Ecloo 50,20).
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